Los Muiscas En Los Siglos XVI Y XVII Miradas Desde La Arqueología, La Antropología Y La Historia Estudios Interdisciplinarios Sobre La Conquista Y La Colonia De América Jorge Augusto Gamboa M. (Compilador) Alejandro Bernal Felipe Gaitán Jorge A. Gamboa Diana P. González Hope Henderson Martha Herrera Carl Henrik Langebaek Jimena Lobo-Guerrero Marcela Quiroga Diana F. Rodríguez Ángel Román Monika Therrien Universidad De Los Andes 2008 Pocos eventos han condicionado de una manera tan profunda y permanente nuestra historia como la conquista y colonia de América. En efecto, se trata de acontecimientos cuyas implicaciones se siguen manifestando y exigen reelaboraciones continuas para poder afirmar, configurar, complementar, corregir o alterar la propia comprensión general del presente. Este volumen está dedicado a una serie de estudios sobre los grupos indígenas muiscas que habitaron el altiplano cundiboyacense durante los siglos XVI y XVII. Son trabajos recientes que abordan diferentes problemáticas desde las diversas miradas de la arqueología, la antropología y la historia. Comité Editorial: Diana Bonnett, Felipe Castañeda, Enriqueta Quiroz y Jörg Alejandro Tellkamp. PresentaciónJorge Augusto Gamboa M. Instituto Colombiano de Antropología e Historia El interés por el estudio de las sociedades indígenas bajo el dominio colonial español se ha incrementado durante los últimos años, dando como resultado una comprensión más profunda y compleja de los procesos históricos desencadenados a raíz de la llegada de los europeos a tierras americanas. Asistimos actualmente a una revisión profunda de las ideas que se han venido estableciendo en el ámbito académico y en la cultura popular, lo que implica la necesidad de realizar balances periódicos o, por lo menos, dar vistazos generales sobre lo que se está produciendo, con el fin de apreciar las tendencias que se están perfilando, sus logros y sus limitaciones. Las investigaciones sobre las sociedades indígenas que habitaron las tierras montañosas centrales de la actual Colombia durante los siglos xvi al xix no han sido ajenas a estas tendencias. De hecho, podríamos decir que es aquí donde ha comenzado a notarse esta renovación con más claridad, aunque todavía de una forma muy tímida, si comparamos los resultados con lo que se ha hecho en otros países de la América española. El conjunto de ensayos que se han reunido en esta obra, pretenden acercar al lector a algunas de estas propuestas, teniendo en cuenta que la mayoría son investigaciones en curso y trabajos programáticos, que de ninguna manera pretenden ser conclusivos. Sus autores son historiadores, antropólogos y arqueólogos que, desde variadas posiciones teóricas y metodológicas, han emprendido la tarea de retomar algunos temas abandonados por las modas historiográficas del momento o de plantear nuevos campos de investigación, hasta ahora escasamente explorados, utilizando algunas fuentes ya conocidas y otras que lo son menos, pero siempre bajo miradas diferentes que conducen a nuevas lecturas y a nuevos interrogantes. Antes de presentar de un modo rápido el contenido de cada uno de los textos reunidos en esta obra, es necesario hacer una pequeña aclaración. Teniendo en cuenta los debates que han surgido últimamente sobre el grado de diversidad u homogeneidad, resulta problemático usar el etnónimo “muiscas” para referirse al conjunto de sociedades que habitaban los actuales departamentos de Boyacá y Cundinamarca en el momento de la llegada de los conquistadores españoles. Probablemente compartían una serie de rasgos culturales, pero ya se ha comprobado suficientemente que no existió una unidad política en todo el territorio y a medida que avanzan las investigaciones se descubre la existencia de más comunidades autónomas de las que se pensaba. También se ha comenzado a observar una gran variabilidad en aspectos ligados a la economía, el uso del territorio, la organización política y la lengua, lo que hace cada día más difícil encontrar un nombre que reúna a todas estas sociedades. Sin embargo, siguiendo la costumbre consagrada por los investigadores contemporáneos, se ha usado el término muisca como un referente más geográfico que cultural. Es decir, los muiscas de los que se hablará en esta compilación son los grupos indígenas que habitaron las tierras altas de la Cordillera Oriental, que corresponden aproximadamente a lo que son actualmente los departamentos de Cundinamarca y Boyacá. Estas sociedades tenían algunas características comunes, pero hay que evitar la tentación de pensarlas como una unidad culturalmente homogénea. Lo poco que conocemos de su economía, su organización política o sus creencias, corresponde a unos casos aislados, que por una u otra razón llamaron la atención de los cronistas y conquistadores españoles, y posteriormente se generalizaron a todos los indígenas de las regiones que los europeos llamaron provincias de Tunja, Santafé y Vélez. De manera que los llamados muiscas no eran un grupo étnico que hoy podamos distinguir claramente de sus vecinos más parecidos como los guanes, los tunebos o los chitareros, y con los cuales resulta casi imposible trazar unos límites culturales o geográficos inequívocos. El ensayo que abre esta compilación, Milenios de ocupación en Cundinamarca de Martha Herrera, fue originalmente pensado como el primer capítulo de una historia del departamento de Cundinamarca que el antiguo Instituto de Cultura Hispánica planeaba editar hace unos diez años. La autora retomó el texto y lo actualizó, adaptándolo para esta compilación. Se trata de una discusión que pretende dar una visión de conjunto sobre los cambios que se han presentado en el entorno geográfico desde la llegada de los primeros hombres al territorio cundinamarqués, la forma en que se organizó este territorio y los cambios que se dieron en el siglo xvi después de la invasión europea. Para lograr estos objetivos se acude a una amplia gama de fuentes, que combinan los hallazgos y enfoques de la geografía, la arqueología y la historia. Es necesario destacar el esfuerzo realizado por la autora para desarrollar su discusión en un lenguaje accesible a los no especialistas. El trabajo, Alimentando la casa, bailando el asentamiento: explorando la construcción del liderazgo político en las sociedades muisca de la arqueóloga Hope Henderson, es una indagación sobre el origen y la reproducción de la autoridad y las desigualdades sociales en las sociedades cacicales incipientes, basándose en el caso de los muiscas. Su texto presenta una sugestiva reflexión teórica, que se aborda a la luz del registro arqueológico y de la lingüística aborigen. La autora señala la enorme importancia que tiene el concepto de “casa” (gue) dentro del pensamiento muisca, por medio de un análisis minucioso de las palabras relacionadas con la arquitectura del poder, es decir, las construcciones que se hacían para los personajes de la élite que ejercían la autoridad. También analiza un ritual muy interesante, el iebzasqua, que se hacía en el momento de construir ciertos lugares especiales, como los complejos de bohíos que los españoles llamaron cercados, donde vivían los caciques. Se propone que mediante la realización de estos rituales, los líderes políticos lograban obtener los consensos necesarios para ejercer su autoridad, basados en el control de los asuntos sobrenaturales, con el fin de poder actuar en temas más mundanos, como la guerra, el comercio o el cobro de tributos. En Dos teorías sobre el poder político entre los muiscas. Un debate a favor del diálogo, el profesor Carl Langebaek se propone hacer un seguimiento de las investigaciones realizadas en los Andes orientales a partir del sitio de El Infiernito, en el Valle de Leiva, con el fin de discutir y evaluar las diferentes propuestas que se han elaborado para explicar el desarrollo de las jerarquías dentro de la sociedad muisca. El texto se detiene en los problemas asociados a la cronología, la continuidad de las tradiciones culturales y las teorías que ligan el surgimiento de la jerarquización social con las estructuras demográficas, las pautas de asentamiento, la organización de festejos o el control de los productos intercambiables, entre otras variables. Su trabajo es un llamado a profundizar y cualificar el diálogo constructivo entre los arqueólogos que han trabajado estos temas, con el fin de compartir experiencias y poner a prueba los diferentes modelos que se han planteado. El siguiente texto, Las unidades sociopolíticas muiscas en el siglo xvi de Marcela Quiroga, hace una nueva lectura de algunas fuentes de archivo, con el fin de replantear el tema de la organización interna de los cacicazgos muiscas a mediados del siglo xvi. La autora trata de redefinir la naturaleza de las unidades que los españoles denominaron capitanías, partes o parcialidades, y que los antropólogos más recientes llamaron utas, a través del estudio minucioso de algunos procesos judiciales guardados en el Archivo General de la Nación (Bogotá). Su estudio muestra que para comprender las relaciones que se establecen entre los jefes de rango diferente en el interior de los cacicazgos, es necesario tener en cuenta el sistema de parentesco matrilineal que predominaba entre los muiscas. De este modo, la relación entre un cacique y los jefes de menor jerarquía reproducía las relaciones de subordinación entre el tío materno y los sobrinos. Las asimetrías en el ámbito de lo político eran un resultado de las asimetrías en las relaciones de parentesco. En el ensayo titulado Los muiscas y la conquista española: nuevas interpretaciones de un viejo problema, Jorge Gamboa se propuso plantear una reflexión sobre los errores historiográficos que se han vuelto un lugar común en las investigaciones sobre la Conquista española del altiplano cundiboyacense, a partir de un trabajo de Matthew Restall. Temas como la composición de las huestes conquistadoras, la colaboración de los indígenas en su propio sometimiento, la duración de la guerra, las leyendas sobre la supuesta identificación de los españoles con dioses o seres sobrenaturales, la pretendida superioridad militar, técnica o cultural de los españoles y otros asuntos son puestos en cuestión a partir de las investigaciones más recientes y los marcos de interpretación que se manejan actualmente en la historiografía hispanoamericana. El trabajo es un llamado a desmontar lo que Restall ha llamado “los siete mitos de la Conquista” y a hacer una lectura de las viejas fuentes con nuevos ojos y nuevas preguntas, que nos lleven a trascender el conocido relato de los 170 hombres de Gonzalo Jiménez de Quesada, que conquistaron sin mayores dificultades a miles de indígenas. Alejandro Bernal, en su ensayo Relaciones entre caciques y encomenderos al inicio del periodo colonial: el caso de la encomienda de Guatavita, hace un detallado estudio de caso a partir de los conflictos que ocurrieron entre los encomenderos y los caciques de los pueblos de Guatavita y Súnuba durante la segunda mitad del siglo xvi, a raíz de un capitán cuya propiedad ambos se disputaban. Su trabajo resulta bastante ilustrativo de la forma en que chocan los intereses de unos y otros durante los primeros años del régimen colonial y las enormes dificultades que se presentaban a raíz del desconocimiento que tenían los encomenderos sobre la composición de los cacicazgos que recibieron su funcionamiento interno. El autor muestra la forma en que los españoles manipularon a las autoridades indígenas tradicionales de todos los niveles en busca de su propio beneficio, pero también la forma en que dichas autoridades trataron de sacar beneficio de las nuevas condiciones políticas y jurídicas que se crearon a partir de la conquista. El texto de Monika Therrien, Indígenas y mercaderes: agentes en la consolidación de facciones en la ciudad de Santafé, indaga sobre la presencia de una importante población indígena en los primeros años de vida de la ciudad de Santafé. Su trabajo muestra la influencia que tuvieron los mercaderes indígenas en la configuración de la naciente ciudad, y pone en duda la existencia de un poder centralizado alrededor de la plaza principal, durante la segunda mitad del siglo xvi. Con esto también se pone en cuestión el discurso sobre “la ciudad de los fundadores y la ciudad de los letrados”, que ha permitido desestimar el papel de los indígenas en la construcción de los espacios urbanos. De esta manera, la autora muestra una dinámica evolutiva de la ciudad muy diferente a la que se ha considerado hasta el momento, en la que se presentó un complejo entramado de facciones que lucharon por ejercer el control sobre los demás pobladores. La contribución de Jimena Lobo-Guerrero y Felipe Gaitán, La Casa del Tipógrafo: arqueología de una ocupación temprana en Santafé de Bogotá, se desarrolla en la misma línea, insistiendo en la importancia que tuvo la presencia indígena en los primeros años de la ciudad, bajo una perspectiva basada en la arqueología histórica. Los autores presentan los resultados de una excavación arqueológica realizada en una casa antigua ubicada en el centro histórico de Bogotá. Ahí se pudieron documentar evidencias de ocupación que van desde al año 800 a. C. hasta el periodo colonial. Los restos arqueológicos de dicho periodo demuestran la presencia de indígenas que habitaron en bohíos en el interior de las casas de los primeros habitantes españoles, tal como se había planteado a partir de las crónicas y otras fuentes escritas. Esto lleva a los autores a proponer que estos bohíos se constituyeron en “focos de resistencia cultural”, donde los indígenas que fueron llevados a la ciudad desde sus comunidades de origen trataron de conservar sus costumbres, logrando perpetuarlas durante mucho tiempo. Diana González, en El declive demográfico y su incidencia en la organización social y política muisca: pueblos de Fontibón y Engativá (1550-1650), retoma una línea de investigación que ha sido dejada de lado dentro de la historiografía colombiana debido a las modas intelectuales: la demografía histórica. Su texto es una invitación a aprovechar las posibilidades que brindan fuentes como las visitas de la tierra de finales del siglo xvi y comienzos del xvii para comprender el proceso de cambio que se vivió en el interior de las comunidades indígenas del altiplano cundiboyacense a raíz del establecimiento de la dominación española, tema que dentro de nuestro medio no ha sido lo suficientemente explorado y aún se encuentra muy lejos de haberse agotado. Se trata de un análisis limitado a dos pueblos muy específicos, que en tiempos prehispánicos hacían parte del cacicazgo de Bogotá, pero fueron separados cuando se estableció el sistema de la encomienda. La autora muestra en su breve ensayo cómo siguieron operando las unidades que componían estas comunidades, las transformaciones que sufrieron y también se detiene a considerar los cambios que se aprecian en las unidades domésticas o familiares. El trabajo titulado “La música en la evangelización de los pueblos de indios del altiplano cundiboyacense durante el siglo xvii” de Diana P. Rodríguez muestra la forma en que la música hizo parte de las estrategias de evangelización desarrolladas por las órdenes religiosas y más específicamente por los jesuitas, a comienzos del siglo xvii en diversos pueblos del altiplano. La autora tuvo la oportunidad de consultar algunos documentos que muestran la importancia que tuvieron las escuelas de música creadas por los sacerdotes en sus parroquias y el entusiasmo con que fueron acogidas por las comunidades indígenas, al punto de que comenzaron a aparecer figuras como los cantores y maestros, con gran prestigio dentro de las comunidades. Otro elemento interesante es la forma en que los indígenas se apropiaron de los conocimientos musicales, hasta el punto de que algunos dominaron el arte con gran solvencia y llegaron a ser maestros de las escuelas fundadas por los religiosos. El texto que cierra esta compilación, Necesidades fundacionales e historia indígena imaginada de Cajicá: una revisión de esta mirada a partir de fuentes primarias (1593-1638), elaborado por Ángel Román, consiste en una confrontación entre la imagen del pasado que se ha difundido en las instituciones educativas del actual municipio de Cajicá y lo que revelan las fuentes documentales. Es decir establece contraste entre el pasado imaginado por una comunidad para fundamentar su identidad y sus proyectos políticos (en el sentido de las “comunidades imaginadas” de B. Anderson) y el pasado que se construye a partir de las evidencias documentales y la metodología de la disciplina histórica. El autor analiza las obras de algunos historiadores locales y muestra la gran cantidad de exageraciones e inexactitudes en que están basadas, pero que se han mantenido vivas en la cultura popular y en el imaginario de las gentes de Cajicá por razones que tienen que ver en el presente con los intereses políticos y económicos de la comunidad. Un ejercicio desmitificador que al mismo tiempo es un ensayo sobre metodología de la microhistoria. La mayor parte de los ensayos aquí reunidos fueron presentados y discutidos en el marco del XIII Congreso de Historia de Colombia que se desarrolló en la ciudad de Bucaramanga, del 22 al 25 de agosto del 2006, dentro del panel denominado “Los muiscas: estado actual de los estudios sobre las sociedades indígenas del altiplano cundiboyacense durante las épocas prehispánica y colonial”, organizado por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia, Icanh. En esa oportunidad se pidió a los participantes que elaboraran comentarios a las ponencias de sus colegas, que fueron respondidos por los autores. El ejercicio resultó bastante productivo, y por tal razón se decidió incluir los comentarios y las respuestas al final de cada trabajo, sin más modificaciones que la correspondiente corrección ortográfica y gramatical. Esperamos que este recurso sea útil para los lectores y complemente las ponencias que aquí se publican. Por último, me permito expresar mi agradecimiento a la Universidad de los Andes, y en particular, a la Directora del Departamento de Historia, la profesora Diana Bonnett, por el interés que ha tenido en la publicación de esta compilación y todo el apoyo brindado para que la empresa culmine con éxito. Bogotá, marzo de 2008. Milenios De Ocupación En CundinamarcaMartha Herrera Ángel Universidad de los Andes En Latacunga se tomó un indio,. extranjero, porque luego se conoció serlo; preguntándole de qué tierra era natural; respondió que era de una gran provincia llamada Cundinamarca, sujeta a un señor muy poderoso, el cual tuvo guerras y batallas con una nación que llamaban los Ahícas muy valientes, tanto que pusieron al señor ya dicho en grande aprieto y con necesidad de buscar favores, el cual envió a él y a otros a Atabalipa a le suplicó le diese ayuda. Esto es por mayor el Nuevo Reino de Granada, que en la gentileza se llamó de Cundinamarca. Originalmente este texto, escrito hace casi una década, se planteó como un primer capítulo de un libro de historia regional de Cundinamarca 1500–1800, que proyectaba realizar el Instituto Colombiano de Cultura Hispánica. Tenía y tiene como objetivo aproximarse a la historia del departamento desde una perspectiva geográfica, considerar su milenaria ocupación e identificar las comunidades que ocupaban su territorio en el momento de la invasión europea del siglo XVI. Sobre esta base, el presente texto articula hallazgos que se han hecho en los campos de la geografía, la arqueología y la historia, así como material documental, con el fin de proporcionar una visión de conjunto que evidencie los cambios que se han operado en su entorno en el tiempo largo, la profundidad en la ocupación del territorio y la forma como éste se reorganizó luego de la invasión europea del siglo XVI. La primera parte, dedicada a considerar la geografía del departamento de Cundinamarca y los cambios que se han operado en su relieve y clima, al igual que la segunda parte, centrada en la ocupación del territorio, hacen uso en forma muy sintética y esquemática de información geográfica y arqueológica, que se presenta en un lenguaje accesible para no especialistas. Se busca así apoyar el establecimiento de puentes de diálogo entre disciplinas afines temáticamente, pero que con frecuencia se alejan significativamente en cuanto a sus métodos, fuentes de información y vocabulario empleado para analizar los fenómenos estudiados. La tercera parte estudia lo relativo a la ocupación del territorio del Departamento en momento de la invasión y la disparidad en cuanto a la disponibilidad de bibliografía y documentación para estudiar los diferentes grupos que lo ocupaban: sutagaos, guayupes, chíos, suraguas, guapis y búchipas o macos, panches, tapaces o colimas, muzos y muiscas. Se plantea, sin embargo, que por lo que se aprecia en la documentación, en algunos casos podían encontrarse, políticamente hablando, mayores diferencias y contradicciones dentro de un mismo grupo étnico, que entre grupos distintos. I. La GeografíaEl estudio de la historia del territorio que actualmente conocemos como departamento de Cundinamarca, remite, en primera instancia, a sus características geográficas. Ubicado sobre el ramal oriental de la cordillera de los Andes, en medio de las cuencas hidrográficas de los ríos Magdalena y Meta, lo que prima es su topografía montañosa, incluso en la parte central y más plana, ocupada por los altiplanos de Simijaca, Ubaté y Bogotá. Aproximadamente dos terceras partes de su territorio están conformadas por tierras empinadas y abruptas y el resto por terrenos relativamente planos y poco accidentados (véase Mapa No. 1). El paisaje se ve enmarcado por gigantescas elevaciones que se encadenan caprichosamente unas con otras formando valles, precipicios, suaves pendientes o abruptos cortes en las rocas. Arriba y abajo, subir y bajar son referentes que se vinculan fundamentalmente con las elevaciones del terreno. Lo mismo sucede con el clima, cuyas variaciones se presentan de acuerdo con la altura. El curso de los ríos también se ve determinado por ésta. En el transcurso de milenios las aguas se han abierto paso por medio de estrechos callejones, por donde el líquido fluye velozmente. A veces se despeña formando inmensas cascadas y otras se desliza perezosamente por los valles. Puede alimentar lagunas o arrasar de cuando en cuando las riberas aledañas. Llega incluso a represarse y luego desbordarse, acabando con todo lo que encuentra a su paso. Pero resulta impensable en el contexto del paisaje andino que periódicamente un río o una quebrada cambie su curso y devuelva las aguas hacia su origen. Los ríos bajan por la montaña suavemente o estrellándose contra las rocas, pero no la remontan. El agua, sin embargo, a pesar de ser imprescindible para la supervivencia de la población andina, ocupa, por así decirlo, un papel secundario frente a la montaña. Es cierto que los diferentes grupos buscaban casi invariablemente su cercanía para asentarse, ya que lo usual era que el líquido se obtuviera directamente de los ríos y quebradas, sin recurrir a las aguas subterráneas. Pero, en términos generales, los cauces de agua que fluían a lo largo de todo el año abundaban. Eran los desniveles del terreno los que condicionan en cierta forma la elección sobre el uso de las tierras. Los valles y las suaves pendientes proporcionan, por lo general, un medio más propicio para la agricultura. El que se siembre en fuertes pendientes está relacionado con el control de grupos o individuos sobre las mejores tierras, más que por las preferencias del agricultor. En muchos casos, sin embargo, la pendiente es tal que ni la extrema necesidad permite cultivarla. De la altura dependen, en buena medida, los frutos que pueden obtenerse y la fauna que puede encontrarse. En conjunción con otros factores, como, por ejemplo, la humedad reinante en una determinada área, define los límites entre uno y otro tipo de vegetación. Allí donde la humedad es mayor y las estaciones secas poco marcadas, el bosque se prolongará hasta aproximadamente los 3.900 metros sobre el nivel del mar. Por el contrario, donde la humedad es menor y las estaciones secas son más pronunciadas, ese límite bajará a los 3.200 metros sobre el nivel del mar. Más allá del borde del bosque es difícil hacer producir la tierra y tolerar el frío y la humedad. Más abajo, hasta alrededor de los 2.000 metros de altura, las turmas, los fríjoles, batatas, ñames, ibias, cubias, arracachas y ahuyamas nativas comparten el espacio con el trigo, la cebada, los garbanzos, el arroz, las lentejas y las alverjas venidas de Europa. El maíz, ‘trigo de los indios’, se da bien a esa altura, pero produce más cosechas anuales en tierras más bajas y cálidas, donde se da junto con el plátano, la caña de azúcar, el cacao, el algodón y la yuca. El tono de los verdes varía desde el grisáceo de los páramos, hasta el exuberante esmeralda y limón de las tierras bajas. El color auzl (sic por azul) del cielo se torna más profundo y oscuro mientras más se gana altura. La altura del lugar de ubicación modifica a un mismo tiempo la disminución del peso, el grado de calor del agua hirviendo, la intensidad de los rayos solares y su refracción. Color y luz están íntimamente relacionados con la elevación del terreno, al igual que la tendencia al uso de calurosas mantas o delgados trajes. Pero también es necesario considerar los ciclos de invierno y de verano, característicos de la zona intertropical en que está ubicado el Departamento. En buena parte de Cundinamarca el verano o estación seca se experimenta durante el último mes del año y los primeros del siguiente, luego de lo cual llegan las lluvias del invierno. Éstas duran hasta finalizar el año, pero se ven interrumpidas por un breve período seco conocido como el veranillo de San Juan, debido a que se produce en las cercanías del día 24 de junio, fecha en que los católicos celebran la fiesta de este santo. Dicho ciclo puede verse también como compuesto de dos veranos y dos inviernos que se suceden en un mismo año. Hacia el oriente, sin embargo, donde el clima de la Orinoquia ejerce su influencia, sólo se experimenta un período de fuertes lluvias entre junio y septiembre, y otro de sequía entre diciembre y marzo. La topografía, en todo caso, imprime características muy particulares en la forma como operan estos ciclos hídricos. La cordillera hace sentir su presencia, dando lugar al fenómeno de la distribución vertical de las precipitaciones, y formando tres pisos de nubes ecuatoriales en las zonas montañosas. Dentro de tal distribución, los niveles máximos de precipitación se localizan debajo de los 1.500 metros sobre el nivel del mar. Por ello es usual que en las vertientes cordilleranas del oriente y, en menor medida, del occidente cundinamarqués se encuentren las áreas de mayor pluviosidad en las bajas alturas y menor humedad a medida que se asciende hacia las mesetas centrales. Adicionalmente, la intensidad de las precipitaciones se ve matizada por la altura. Cien metros arriba o abajo en la pendiente de la montaña, el encajonamiento en un valle, la ubicación al borde de una sabana o en medio de ella definirán el microclima. Y en su parte norte la cordillera de los Andes, de la que forma parte el Departamento, se caracteriza precisamente por eso: por su multiplicidad de climas y microclimas. Una o dos horas de viaje por una escarpada pendiente llevan a experimentar el cambio entre el intenso frío, acompañado de verdes grisáceos, que se perfilan desdibujados entre la neblina, y un clima templado, en el que se anuncia la intensidad y el brillo de los verdes de las tierras cálidas. En este contexto, el clima definido por la altura tiene en Cundinamarca un impacto aún mayor que el invierno o el verano. En el siglo XVIII, en los bordes de la sabana de Bogotá, un pueblo que perdía sus cultivos en las tierras altas, como consecuencia de las heladas o bajas temperaturas nocturnas, podía sobrevivir gracias a lo que había cultivado en las tierras bajas. Desde luego, en el Departamento también se presentan diferencias entre el verano y el invierno y se establecen ciclos, aunque mucho menos marcados que en otras áreas del territorio colombiano. Pero tanto el relieve como el clima de Cundinamarca, que pueden sernos tan familiares en la actualidad, son el producto temporal de permanentes transformaciones que no cesan de operar. Cien millones de años atrás, cuando América del Sur y África se encontraban todavía unidas, el área del actual altiplano de Bogotá y sus alrededores se encontraban bajo el mar. En ciertas bahías un tanto separadas de éste pudo depositarse la sal que formó los domos de Zipaquirá y Nemocón. Paulatinamente algunas otras formas empezaron a emerger, y hace unos siete millones de años se inició el levantamiento principal de la cordillera de los Andes, junto con el de otras cadenas montañosas tales como los Himalaya, Pirineos y Alpes. Este proceso se prolongó hasta hace entre cinco y tres millones de años, luego de lo cual ha continuado en forma mucho más leve. Ese levantamiento de la cordillera en general y del ramal oriental sobre el que está el Departamento, tuvo como consecuencia la diferenciación del clima y la vegetación en función de la altura, cuya importancia se ha señalado desde el comienzo del texto. Pero además de estos cambios climáticos asociados con la emergencia de las cordilleras, otros fenómenos de carácter global han afectado el clima del Departamento. Los estudios de polen han permitido establecer que, por ejemplo, durante la penúltima glaciación, la Riss I, que comenzó hace 200.000 años y terminó hace 140.000 años aproximadamente, el límite del bosque estuvo alrededor de 1.500 metros más abajo de lo que se encuentra actualmente. En esa época los páramos y las nieves perpetuas rodeaban el altiplano de Bogotá, que por entonces era un lago; sólo las partes bajas del oriente y del occidente del Departamento estaban cubiertas de bosques. En términos de la ocupación humana del territorio, la finalización de la última glaciación, hace aproximadamente 10.000 años, marcó un hito de importancia, ya que el clima se fue haciendo más benigno. En los milenios anteriores el clima había sido muy frío y seco. Aproximadamente 21.000 años antes del presente, la sabana de Bogotá era un páramo seco de pradera, donde casi no había arbustos. En principio, el límite del bosque hubiera estado debajo de los 2.000 metros sobre el nivel del mar, pero investigaciones de polen en la laguna Pedro Palo indican que en la vertiente occidental del Departamento el páramo estaba en contacto con una vegetación xerofítica, propia de clima seco, o de tipo sabana tropical abierta. Es decir, que en la parte central y en la vertiente occidental de Cundinamarca primaba una vegetación baja abierta; en la vertiente oriental, por el contrario, el área inferior a los 2.000 metros sobre el nivel del mar estaba, al parecer, cubierta de selva. Como se verá en el siguiente aparte, los cambios climáticos que tuvieron lugar en los milenios siguientes ejercieron un impacto significativo sobre los procesos de ocupación del territorio cundinamarqués. Si bien no se cuenta con una visión de conjunto sobre este proceso, la información disponible permite formarse una idea sobre lo sucedido, al menos en algunas áreas del territorio. Debe subrayarse, sin embargo, que la mayoría de los estudios arqueológicos y paleobotánicos que han permitido conocer algunos aspectos de la ocupación temprana del Departamento, han tendido a centrarse en los altiplanos centrales y que se presentan enormes vacíos de información respecto de los procesos que tuvieron lugar en la vertiente occidental y, más aún, en la oriental del Departamento. II. La Ocupación Temprana Del TerritorioEn la vertiente occidental de la Cordillera Oriental, en Pubenza, municipio de Tocaima, relativamente cerca a la desembocadura del río Bogotá en el río Magdalena, se encontraron restos de megafauna asociados con artefactos líticos. La datación de radiocarbono de estos restos los ubica hace por lo menos 16.000 años. El hallazgo entre los líticos de uno de obsidiana, que no es del lugar, sugiere para esa época contactos o desplazamientos entre el área de Pubenza y la cordillera Central o con el sur del país. En otras áreas del Departamento, como, por ejemplo, en el altiplano de Bogotá, en la región de Guavio, se han encontrado vestigios culturales que se remontan al menos a los 13.000 años antes del presente. Hace alrededor de 12.500 años el clima ano de Bogotá y sus alrededores empezaron a cubrirse de vegetación de subpáramo; la temperatura y la humedad siguieron aumentando, y quinientos años después esas áreas quedaron en la zona alta del bosque andino. Grupos de cazadores establecieron campamentos de cacería, al parecer de corta duración, de los cuales son un ejemplo los abrigos rocosos del Tequendama, en el municipio de Soacha, y los del Abra, entre Zipaquirá y Tocancipá. Había en el área animales de gran tamaño como mastodontes y también caballos, venados, conejos y roedores, que eran apetecidos por estos cazadores, los que utilizaron herramientas de piedra fabricadas en el sitio para desarrollar sus actividades y también elaboraron objetos de madera. Las anteriores condiciones se mantuvieron hasta alrededor del año 11.000 antes del presente. Durante los 1.000 años siguientes, al enfriarse el clima, la altiplanicie quedó en la zona limítrofe entre el bosque y el páramo, y contó con una fauna que, como los venados y los conejos, mantuvo el interés de adelantar expediciones de cacería en el área. Puede que en estos años aún hubiera animales de gran tamaño, como los mastodontes y también caballos, pero probablemente ya se encontraban en vías de extinción. La población humana parece haber aumentado en ese milenio y se evidencia en los abrigos rocosos del Tequendama su presencia semipermanente. Los trabajos en madera disminuyeron, y aunque buena parte de las herramientas de piedra utilizadas se continuaron fabricando en el lugar, algunas fueron hechas con una técnica diferente, más refinada, utilizando materiales traídos de otros lugares. Este último hallazgo sugiere que los ocupantes de los abrigos provenían del valle del Magdalena, ya que el material utilizado es común en esa área. La anterior información, así como también la relativa a los cambios en el clima, indicarían que la ocupación humana en el valle del Magdalena fue anterior a la de los altiplanos. Hace 10.000 años el clima mejoró y el límite del bosque se situó a una mayor altitud, por lo que la Sabana de Bogotá quedó dentro de la zona de bosque andino. En el curso de los siguientes 500 años hicieron erupción volcanes, cuyas cenizas cayeron sobre el altiplano. La población parece haber disminuido, ya que se encuentran menos artefactos y restos óseos. Entre los años 9.500 y 8.500, la presencia humana se hizo más estable y se adaptó a la vida en bosques más densos. Los artefactos de piedra se fabricaron con materiales del lugar, y las herramientas elaboradas con materiales similares a los existentes en el valle del Magdalena se hicieron más escasas, lo que sugiere que en este período se disminuyeron los contactos y los movimientos migratorios entre los pobladores de los altiplanos y las tierras bajas. Aumentó, por el contrario, el trabajo de la madera, y se evidencia el uso de huesos para fabricar herramientas e incluso instrumentos musicales, tales como flautas, lo que anteriormente poco se practicaba. El venado de cornamenta, que prefiere un ambiente más abierto que el de los bosques, abundó menos y se intensificó el consumo de curíes, lo que llevaría a su posterior domesticación. También aparecen restos de caracoles y gasterópodos de tierra firme, que indican el desarrollo de actividades de recolección. Aproximadamente 8.500 años antes del presente el clima en el altiplano se hizo más caliente y disminuyó la cantidad de desechos en los abrigos rocosos. Este fenómeno podría estar indicando una disminución de la población, pero también que los abrigos rocosos hubieran dejado de privilegiarse como viviendas permanentes y empezaran a ser ocupados sólo ocasionalmente, durante expediciones de caza. Sobre el particular investigaciones sobre ocupaciones tempranas de sitios a cielo abierto, como Galindo, cerca a la Laguna de la Herrera, hacia 9.000 antes del presente, y Checua, cerca a Nemocón, hacia 8.200 a. p., consideran que la ocupación de ambos tipos de sitios tuvo un carácter más simultáneo, por lo menos hasta el quinto milenio a.c Adicionalmente, en estos sitios a cielo abierto también se aprecia que su uso hacia 8.500 a. p. fue poco intenso, ya que la cantidad de vestigios materiales es relativamente baja. Entre los años 8.500 y 3.000 antes del presente la evidencia arqueológica sugiere que se produjeron transformaciones de particular importancia entre las sociedades que ocupaban el altiplano. Durante ese período se perfilan ya las prácticas que culminarían en el desarrollo de la agricultura y la domesticación, como actividades básicas para la supervivencia. Así, si bien se continuaron utilizando percutores, cuya presencia indica que las actividades de recolección eran importantes, también se encuentran cantos rodados con bordes desgastados, que podrían haberse utilizado para la preparación de raíces cosechadas. Todavía no resulta claro si en los altiplanos centrales del departamento de Cundinamarca el desarrollo de actividades agrícolas fue anterior a la producción de cerámica, pero los resultados del análisis de restos humanos indicarían que sí. Tampoco se sabe con certeza si estas actividades se empezaron a desarrollar en los altiplanos en forma independiente o fueron introducidas a través de contactos o migraciones procedentes del valle del río Magdalena. Los resultados de algunos estudios arqueológicos sugieren que la cerámica fue traída al altiplano por grupos provenientes de otras áreas, pero que, al menos la agricultura de tubérculos, ya se practicaba allí antes del desarrollo de la alfarería. Un argumento en favor de la hipótesis de que las actividades agrícolas fueron desarrolladas en el altiplano en forma independiente lo constituye el hecho señalado por Cardale de que son muy pocas las plantas de tierra caliente que pueden ser cultivadas en tierra fría. Hasta hace poco, la evidencia más antigua sobre prácticas agrícolas y alfareras había sido la encontrada en Zipacón, cuyo análisis indica que ya se practicaban en el año 3.000 antes del presente. Allí se confirmó la existencia de maíz y batata y también se encontraron restos de aguacate. La presencia de semillas de esta última planta sugiere para este período intercambios entre la altiplanicie y las tierras cálidas del valle del Magdalena, ya que se trata de una planta propia de ese clima. Posteriores estudios de los restos humanos encontrados en los abrigos rocosos del Tequendama y en Aguazuque, ambos en el municipio de Soacha, mostraron que la transformación de sociedades cuya subsistencia se basaba en la cacería y en la recolección hacia sociedades que practicaban la agricultura, se hizo en el período comprendido entre los años 5.000 y el 3.000 antes del presente y que este proceso no fue brusco, sino que se efectuó paulatinamente. De otra parte, la gran mayoría de los tipos cerámicos encontrados en Zipacón, donde las prácticas agrícolas se encontraron asociadas a la presencia de cerámica, son de los ya identificados en otros estudios como correspondientes al período Herrera. Con este nombre se identifica un lapso de alrededor de 16 siglos, entre aproximadamente el siglo VIII a. C. y el siglo VIII d. C. (2.800 y 1.200 a. p.). Durante este período una extensa zona del altiplano cundiboyacense, e incluso más al norte, en Santander, así como partes de la vertiente occidental y oriental del actual departamento de Cundinamarca fueron ocupadas por grupos que produjeron un tipo de cerámica considerado como pre–muisca. Este último se caracteriza, entre otras cosas, porque sus principales adornos se hicieron mediante incisiones. En Zipaquirá las muestras de polen evidencian que en el período Herrera, ya antes del 2.000 a. p., partes del bosque habían sido tumbadas y el suelo se utilizaba para cultivos con mucha maleza. Se encontró Chenopodiaceae, familia a la que pertenece la quinoa, y evidencia de que se cultivó máiz”. Esta actividad se complementaba con la caza y la recolección, que mantenían un lugar importante en la complementación de la dieta. Es también para el 2.200 y el 2.100 a. p. que se cuenta con evidencia sobre producción de panes de sal en Nemocón, Zipaquirá y Tausa, que se obtenían hirviendo en vasijas de barro el aguasal que emergía a la superficie en forma de manantiales, hasta evaporar el agua. La impronta de un tejido muy liso y fino que quedó sobre un trozo de arcilla cocida indica que en este período se produjeron telas muy bien elaboradas con hilos muy finos. Recientes investigaciones sugieren igualmente que se practicó la orfebrería. El tejido, la orfebrería y la producción salina fueron actividades que ocuparon un papel de gran importancia entre los muiscas, cuya cerámica, adornada fundamentalmente con pinturas, marca un cambio con respecto a los grupos identificados como Herrera. Estos cambios, que en algunas partes se empezaron a apreciar en forma más clara alrededor del siglo VIII d.C., pudieron derivarse de procesos migratorios de gentes de habla chibcha o de transformaciones internas. La transición entre uno y otro período se dio en forma relativamente paulatina, ya que en algunas partes coexistieron por algún tiempo. Finalmente se generalizó la cerámica que se asocia con los Muiscas, pero, al menos en el departamento de Cundinamarca, en un territorio mucho menos extenso, pero eventualmente más densamente poblado que el del período Herrera, en particular durante el período Muisca tardío (1.200 a 1.600 d.C.). Este panorama, en el que el territorio cundinamarqués fue ocupado por variados grupos, coincide con el que se registró en el momento de la invasión europea del siglo XVI, como se verá a continuación. III. El Siglo XVI: El Mundo Prehispánico En El Momento De La InvasiónA la llegada de los europeos el actual departamento de Cundinamarca estaba ocupado por una gran variedad de culturas: muiscas, panches, tapaces (o colimas) y muzos. Adicionalmente, en el territorio controlado por los Muiscas del Zipazgo habitaban grupos que, al parecer, pertenecían a etnias distintas, entre los que se mencionan los sutagaos, los chíos o suraguas y los llamados guapis, búchipas o macos (véase Mapa No. 2). Como se puede apreciar, la diversidad cultural en el área era significativa. A continuación se precisará la ubicación de estos grupos en el momento de la invasión europea. En el altiplano, en el área central del Departamento, y en parte de las vertientes oriental y occidental de la Cordillera Oriental, estaban asentados los muiscas sujetos al Zipazgo. Durante la Colonia prácticamente todos los territorios sujetos al Zipa de Bogotá conformaron la provincia de Santafé, salvedad hecha del área muisca de Chiquinquirá y Saboyá, que formó parte de la provincia de Tunja. En términos generales, además de los territorios muiscas sujetos al Zipa, en el suroccidente de la provincia de Santafé, en el valle de Fusagasugá y hasta las márgenes del río Sumapaz, estaban asentados los sutagaos, grupo al parecer panche, incorporado al Zipazgo mucho antes de la invasión europea. Según el mapa del territorio muisca a la llegada de los españoles de Falchetti y Plazas, la parte suroriental del departamento de Cundinamarca (actuales municipios de Ubalá, Medina, Gachalá, Gama, Gachetá y Paratebueno -La Naguaya-) habría estado habitada por los guayupes. Sin embargo, en el siglo XVII los indígenas de esta área se identificaban como tributarios del Guatavita y rechazaban la denominación de chíos que les daban los indígenas de la Sabana de Bogotá y la de suraguas, como los llamaban los indígenas de los Llanos. Según ese mismo mapa los actuales municipios de Quetame y Fosca habrían sido parte del Zipazgo, mientras que Gutiérrez y Guayabetal habrían estado ocupados por guayupes. Sin embargo, Velandia precisa que Gutiérrez (antes llamado Chuntiva) y Fosca estaban ocupados por guapis, búchipas o macos o maus de la nación chibcha. Dado que al parecer Quetame fue segregada de Fosca y Guayabetal de Fosca y Quetame, tentativamente puede plantearse que presentaron una ocupación étnica similar a la de los otros dos municipios. El territorio de la provincia de Santafé quedó integrado en el actual departamento de Cundinamarca, prácticamente en su totalidad. Adicionalmente, debe considerarse que los actuales municipios de Lenguazaque y Villapinzón pertenecieron al territorio del Zacazgo y en la Colonia al corregimiento de Turmequé, en la provincia de Tunja. A este corregimiento también perteneció el municipio de Guachetá, pero se desconoce si antes de la invasión estuvo sujeto al Zaque o al Zipa o si era independiente. La forma como se organizó administrativamente el territorio panche durante el período colonial no es clara. Parte del mismo quedó integrado a la provincia de Mariquita, mientras que otra cambió frecuentemente de jurisdicción, vinculándose administrativamente durante algunas épocas a la provincia de Santafé. El área más afectada por estos cambios parecería ser la jurisdicción de la villa de Guaduas. Finalmente sólo parte del territorio panche –el área de la ribera oriental del río Magdalena– quedó integrando en el actual departamento de Cundinamarca. El territorio colima fue organizado administrativamente como jurisdicción de la ciudad de La Palma, perteneciente a la provincia de Mariquita. Tentativamente también puede afirmarse que quedó integrado en su totalidad al departamento de Cundinamarca. En términos generales, el territorio muzo formó parte de la jurisdicción de la ciudad de ese nombre, en la provincia de Tunja88. Sin embargo, algunos encomenderos de los muzos, específicamente de los yacupíes, se avecinaron en La Palma. Según Velandia ello dio origen a que se conformarán dos pueblos (uno de ellos dependiente de La Palma), y luego a confusiones y pleitos limítrofes entre las dos ciudades y provincias, que se continuaron durante el período republicano y se mantienen latentes hasta el presente. Actualmente sólo una pequeña franja del área ocupada por ese grupo, los municipios de Yacopí y Paime, forma parte de Cundinamarca. Los anteriores señalamientos permiten apreciar que a la llegada de los invasores europeos el territorio del actual departamento de Cundinamarca estaba habitado por comunidades muiscas sujetas al Zipazgo, algunos pueblos del Zacazgo limítrofes con el territorio del Zipa, panches, tapaces o colimas, muzos, sutagaos, guayupes, chíos, suraguas, guapis y búchipas o macos. Un primer aspecto que sobresale en la revisión del material bibliográfico es el de la disparidad en el volumen de la información relativa a los grupos étnicos mencionados y a las provincias, ciudades y villas en que quedaron comprendidos durante el período colonial. Tomando como punto de partida la Guía Bibliográfica preparada por Segundo Bernal, por ejemplo, se encontraron 201 registros relativos a los muiscas, específicamente a los sujetos al Zipazgo (es decir, descartando los registros relativos a los muiscas del Zacazgo y a los de los territorios independientes), y a la historia colonial de lo que fue la provincia de Santafé, mientras que para el área panche sólo se encontraron 10 registros, para el área colima 3, para el área muzo 3, sobre muzos y colimas conjuntamente 1 y sobre guayupes 1. Es decir, que alrededor del 91% de la bibliografía registrada por Bernal para el área se refiere a los muiscas y a la Provincia de Santafé. Al parecer esta tendencia se ha mantenido. El Catálogo Bibliográfico de la Producción Antropológica en Colombia durante la década de 1980 a 1990, muestra una tendencia similar, aunque un poco menos marcada. Se encontraron 44 registros sobre muiscas (centrando la atención en los grupos sujetos al Zipazgo), 4 sobre guayupes, 1 sobre muzos, 1 sobre panches, 1 sobre sutagaos y ningún registro para los colimas o tapaces, guapis, búchipas o macos. Es decir, que alrededor del 86% de la bibliografía reseñada por el Catálogo sobre los grupos étnicos del área se centra en los muiscas. En la documentación del Archivo parece presentarse un fenómeno similar. El Catálogo de Caciques e Indios, que incluye un índice en el que se indican los registros de los indios según sus pueblos y a veces según las etnias, sólo reseña 3 sobre los indígenas colima, 12 sobre los indígenas de La Palma, 6 sobre Panches, 1 sobre los indios de Avipay, mientras que para pueblos muiscas el número de registros aumenta significativamente: 10 para Bojacá, 22 para el de Bogotá, 18 para el de Guasca, 15 para el de Chía, y así sucesivamente. Adicionalmente cabe destacar que en lo que se refiere particularmente a los muiscas, aunque algunos tipos de trabajos parecen ser de carácter repetitivo, introducen aportes importantes. Por ejemplo, un cronista reproduce en forma muy cercana a otro o ambos han usado fuentes similares y la información que proporcionan difiere poco. A pesar de esto, es necesario mirarlos con detenimiento, porque en algunos casos, tras esta aparente reiteración de una misma información, el cronista trabaja problemas de distinto orden, e incluye y enfatiza más una información que otra. Éste es el caso de Piedrahita, quien prestó particular atención a la información relativa al ordenamiento político del Zipazgo, cosa que no hicieron los otros cronistas. Así, aunque su información parece repetir lo dicho por los demás, su enfoque llama la atención sobre la forma cómo los Zipas se anexaron territorios controlados por otros señores muiscas. Pero más allá del problema que surge del desbalance de las fuentes documentales, las crónicas y la bibliografía en el tratamiento de los diversos grupos étnicos que habitaban la provincia, se pone en evidencia un problema que refleja las estructuras de poder y las relaciones interétnicas en el interior del actual departamento de Cundinamarca en el momento de la Conquista. Ellas permiten apreciar cómo, políticamente hablando se presentaban mayores diferencias y contradicciones dentro de un mismo grupo étnico, que respecto a otros grupos. Para mirar este problema, conviene hacer una breve referencia a la organización de los grupos muiscas en conjunto. Entre los muiscas buena parte del territorio y la población se hallaba centralizada en dos grandes unidades políticas: el Zipazgo y el Zacazgo, pero había señoríos independientes, cuyo ordenamiento no se había centralizado en un dirigente en particular. Adicionalmente, parecería que se presentaban variaciones entre la organización política del Zipazgo y la del Zacazgo. Sobre este último, Londoño presenta evidencias documentales de acuerdo con las cuales habría habido dos dinastías simultáneas. Su información sugiere que se trataría de una diarquía, como la que ha sido señalada por Rostworowski entre los incas. Tal estructuración del poder, basada en sistemas de pensamiento dual, no es ajena a las sociedades de habla chibcha, a la que pertenecían los muiscas. Es factible que también se registrara en el Zipazgo, pero no se han desarrollado estudios sistemáticos al respecto. En todo caso, los cronistas coinciden en señalar que este último era más poderoso que el Zaque, lo que, al parecer, significaba que su poder era absoluto. Sobre el particular Lucas Fernández de Piedrahita precisó que los Reyes de Tunja: [.] lo fueron como hechos por la autoridad del Sumo Intérprete de su religión, y con consentimiento de todos los pueblos, lo que no tuvieron los Zipas de Bogotá, pues aunque sus provincias son de mayor grandeza y estimación, fueron tiranos todos los príncipes que las dominaron. Este carácter absoluto del Zipa, explicable posiblemente por el reciente proceso de conquista militar que había adelantado, contrasta, en todo caso, con el del Zacazgo. En este último no resulta claro si algunos de los grandes señoríos que se le atribuyeron como sujetos por los españoles, lo eran o más bien mantenían con él relaciones de amistad y alianza. Lo que pone en evidencia la anterior información es que entre los muiscas, a pesar de la identidad cultural que se expresa en el calificativo que se les dio, se presentaban variaciones importantes en lo que tenía que ver con su organización política. Además de la existencia de señoríos independientes mencionada, la información que se deriva de las crónicas coloniales propone diferentes niveles de centralización del poder en tre el Zipazgo y el Zacazgo. En cuanto a la organización interna del Zipazgo debe subrayarse lo que se anotó anteriormente sobre la sujeción de otras etnias, como los sutagaos, los chíos o suraguas y los llamados guapis, búchipas o macos al poder del Zipa. Es decir, que grupos no muiscas formaban parte de su organización política y, a veces, terminaban por identificarse como tales. Este es el caso de los indígenas asentados en la vertiente oriental de la cordillera, que todavía en el siglo XVII se identificaban como de la misma etnia que los del altiplano, a pesar de que ni los de allí ni sus vecinos de los Llanos orientales los reconocían como tales. La relación con los panches ubicados al occidente del altiplano resulta aún más compleja, ya que al parecer los sutagaos sujetos al Zipazgo pertenecían a ese grupo; pero a la llegada de los europeos mantuvieron su vinculación política con el Zipazgo, mientras que los Panches le hacían la guerra. Se trata de casos que llaman la atención sobre la complejidad de las relaciones entre y en el interior de los grupos étnicos que habitaban el Departamento y cómo se vislumbra la posibilidad de que grupos emparentados étnicamente se fueran distanciando cada vez más, mientras que, a un mismo tiempo, se asimilaban grupos pertenecientes a otras etnias. De cualquier forma debe resaltarse que en el período prehispánico la central ización política que se había presentado en el Zipazgo y en el Zacazgo e, inclu so, en algunos cacicazgos independientes se basaba en unidades menores que, a su vez, aglutinaban varios señoríos, los que también eran el resultado de otras agrupaciones. La simplificada información de las crónicas y la incomprensión de la organización social y política indígena que se refleja en la documentación no permiten ver con claridad las complejidades del sistema de alianzas y suje ciones que estaban en la base de los grandes señoríos, fueran estos del tamaño del Zipazgo o del Zacazgo, o de señoríos independientes. La existencia de estos variados niveles de articulación política se evidencia, por ejemplo, en el proceso expansivo del Zipazgo, que prácticamente triplicó el territorio some tiendo sólo a siete grandes caciques, los que, a su vez, tenían bajo su control a otros caciques y capitanes. Varios señoríos independientes tampoco eran unidades, sino que ejercían su control sobre otros caciques. Duitama contaba con por lo menos diez pueblos que le eran sujetos y le tributaban. Había in cluso pueblos que tributaban a dos grandes señores, sin que sea claro cómo operaban las relaciones entre sujetos y señores. Sobre pocos pueblos muiscas aparecen declaraciones en las que se indique que no estaban sometidos a otro cacique y, aún en esos casos, sus declaraciones parecen evidenciar que tenían pueblos sujetos, como en el caso de Saquencipa, en los que a las preguntas del visitador en este sentido respondieron que “no eran sujetos a ningún otro cacique antes todas las comarcas le eran sujetas a él. Incluso, al hacer los ‘repartimientos’ o encomiendas, pueblos como Gachancipá, que había sido su jeto al Guatavita, fueron repartidos como dualidades: Gachancipá y Tenteba, declarando ser el primero el cacique y el segundo un principal. Como resultado del proceso de conquista los grandes señores desaparecieron y fueron suplantados por el poder de la Audiencia. Otro tanto sucedió con los grandes señores independientes y con los grandes señores que, como Guata vita, controlaban varios cacicazgos. Los panches fueron sometidos al poder de un Zipa que poco después murió, como consecuencia de las torturas que se le infringieron y cuya desaparición marcó el fin de la institución del Zipazgo. Los pueblos fueron repartidos en encomiendas: 57 en Santafé y 31 en Tocaima. Con este reparto aparentemente se perdieron elementos muy importantes de la organización política prehispánica, como lo eran los cacicazgos que aglutinan varios pueblos. Sin embargo, como sucedió en otros territorios americanos, el posterior establecimiento de los corregimientos de indios tendió a basarse en agrupaciones prehispánicas mayores que las de los pueblos. IV. ConclusionesEn este texto se ha buscado proporcionar una visión de los procesos de transformación que han afectado el territorio del departamento, tanto en lo que tiene que ver con su relieve y clima como con la historia de su ocupación desde hace por lo menos 16.000 años hasta la invasión europea del siglo XVI. Sobre esta base buscó articular hallazgos de la geografía, la arqueología y la historia, así como material documental, para proporcionar una visión de conjunto que integrará las características más representativas de su entorno y las profundas transformaciones que en éste se han operado, la profundidad de la ocupación humana en el Departamento y la forma como ésta se reorganizó luego de la invasión europea del siglo XVI. Desde esta perspectiva se evidencia un panorama cambiante, en el que el altiplano de hoy pudo perfectamente formar parte del fondo de un mar somero y luego de un lago que emergió junto con las montañas que lo rodean. Donde ahora sobrevive el bosque, pudo estar cubierto por un pajonal bajo o por los frailejones del páramo. Mañana podrán ser semidesérticos y más cálidos o también mucho más fríos. No lo sabemos, pero sí que serán muy distintos a como los conocemos hoy en día. También, que ese pasado, por remoto que pueda parecernos, está conectado con el hoy. Que esos enormes depósitos de sal de los que hemos disfrutado durante milenios se formaron cuando la cordillera de los Andes no había emergido del fondo oceánico. En cuanto a la ocupación humana de ese territorio, cada vez se muestra su mayor antigüedad. Cazadores-recolectores se alimentaron de megafauna ya extinta y de otros animales de menor tamaño que aún se conservan. Paulatinamente la horticultura y la agricultura fueron generalizándose, al igual que la cerámica. La adornada con incisiones, característica del período Herrera, quedó esparcida por un territorio mucho más extenso – que cobijó casi todo el Departamento– que la pintada del período muisca. Panches, tapaces o colimas, muzos, sutagaos, guayupes, chíos, suraguas, guapis y búchipas o macos ocuparon territorios en las vertientes oriental y occidental del Departamento, en las que antes los Herrera habían dejado sus vestigios. Pero la evidencia documental sugiere que las relaciones entre grupos con mayores afinidades culturales, reflejadas en su producción material, podían presentar mayores contradicciones y enfrentamientos entre sí, que con grupos con los que se diferenciaban mucho más en esos niveles. Por su parte, los avances de la arqueología y de la lingüística advierten al historiador sobre la variedad que se esconde bajo calificativos homogenizadores como el de Muis ca. En uno y otro caso lo que se aprecia es la necesidad de un mayor trabajo conjunto que articule la historia, la geografía y la arqueología. Se han hecho avances: los trabajos arqueológicos que involucran al período colonial, el uso de documentación histórica para entender algunos aspectos de la organización social de la población poco antes de la invasión, los estudios sobre la historia del clima, el relieve, su relación con la ocupación humana y el permanente diálogo de la arqueología con la geografía y disciplinas afines. Pero aún falta realizar un esfuerzo mayor para superar las barreras metodológicas de fuentes, de vocabulario e ideológicas. Esta última, en la que lo prehispánico se coloca por fuera de la consideración histórica, es tal vez la más preocupante, pero no opera sola. ¿Cómo desentrañar el sentido de los textos especializados del arqueólogo o del geógrafo? ¿Cómo trabajarlos sin limitarse a reproducirlos (¿simplificarlos?) en un lenguaje más accesible para lectores que no pertene cen a esas disciplinas? En últimas ¿cómo articular dos historias, la de antes y la de después de la invasión del siglo XVI? ComentarioAlejandro Bernal V. Instituto Colombiano de Antropología e Historia El texto de Martha Herrera es una invitación a reflexionar sobre la amplitud espacial y temporal de los fenómenos socioculturales en el altiplano cundiboyacense. La autora se propone mostrar que si bien los paisajes característicos de la sierra andina ocupan una significativa porción del territorio cundinamarqués, el Valle del Magdalena y los piedemontes orientales que dan inicio a las sabanas de la Orinoquía forman parte integral de una geografía sobre la que desde hace por lo menos diez milenios han vivido varias oleadas de grupos humanos diferentes, de los cuales los muiscas son sólo uno de ellos. El escrito se encarga, además, de resaltar un fenómeno que ha sido constante desde las primeras ocupaciones del altiplano: la constante interacción social y cultural entre las sociedades indígenas de las sierras con sus vecinos de las tierras bajas del occidente y el oriente. En efecto, prácticas como la guerra, el intercambio de bienes e, incluso, los arreglos matrimoniales entre grupos lograron integrar un espacio culturalmente diverso y caracterizado por la heterogeneidad geográfica y ecológica. La idea de mostrar una geografía compleja y cambiante encuentra su paralelo en la de los grupos humanos que la han habitado, mostrando una historia de procesos y dinámicas sociales que comienza a finales del período pleistocénico y que prácticamente llega hasta nuestros días. Varios son los factores de cambio social y político que se exponen en el texto. En una primera instancia se encuentran aquéllos producidos por las condiciones ambientales que determinaron múltiples respuestas adaptativas de los grupos. Segundo, aquéllos producidos por innovaciones tecnológicas como la domesticación de plantas y el uso de la cerámica. En tercera instancia, los procesos de centralización política de algunas unidades cacicales, asunto que parece ser el caso de los muiscas. Por último, aquellos factores de cambio social, político y económico que se presentaron por la irrupción y llegada de grupos humanos exógenos al altiplano, y cuyo ejemplo más dramático y acelerado es la llegada de los españoles antes de cerrarse la primera mitad del siglo XVI. Dentro de la amena y fácil lectura, algunas cuestiones del texto de Herrera invitan a la reflexión. La autora se inscribe dentro de una larga lista de autores contemporáneos, que siguiendo lo indicado por los cronistas españoles del período colonial, asumen como un hecho relativamente cierto que al momento de la conquista española el altiplano cundiboyacense se encontraba organizado en dos grandes estructuras políticas, una al norte dominada por el cacique de Tunja y otra dominada por el de Bogotá, localizada al sur, y que sería más grande y poderosa que su vecino norteño. Estos cacicazgos abarcarían a otros caciques de importancia regional, que a su vez controlaban a varios cacicazgos, cuyo poder no se extendía más allá de un conjunto de capitanías, es decir, de un grupo de parientes, en cuya cabeza se encontraba una figura que los españoles bautizaron como capitán. El aspecto a debatir sería si ésta era en realidad la forma como estaban organizadas las sociedades indígenas del altiplano en el momento del arribo europeo en el siglo XVI, o si lo narrado y contado por los cronistas españoles obedece más a un intento de describir las estructuras muiscas en sus propios referentes políticos y espaciales, en donde, tal como ocurría en la campiña española, existía una unidad central que controlaba a otras subordinadas. Otro punto del texto de Herrera que sirve para iniciar un debate es la guerra de conquista como uno de los mecanismos en que los caciques del altiplano lograban la subordinación de otras unidades políticas. Nuevamente el punto crítico del argumento puede estar centrado en la manera de ver las fuentes coloniales. En el discurso de los cronistas está muy presente la legitimación del proceso conquistador y colonizador, en donde mostrar que los caciques sometían a otros de una manera bárbara y tiránica sirve de fundamento para la implantación de un orden hispánico y católico. Aunque lograr la adscripción de unidades sociales mediante la acción bélica es un argumento clásico dentro de las teorías antropológicas y ha tenido relevancia para explicar mecanismos de complejidad social y centralización política en otras sociedades, en el caso de los muiscas las fuentes para documentar este fenómeno son muy escasas y contradictorias. El tema es ampliamente tratado en las crónicas, pero son muy pocos los casos en que los indios nombran la palabra “guerra” en los pleitos judiciales de las primeras décadas del período colonial, y mucho más escasos aquéllos en los que se da una explicación adicional sobre su función antes del arribo de los españoles. Aunque no se descarta la existencia de enfrentamientos entre unidades sociales muiscas, futuros estudios deberán tratar de explicar el sentido de la guerra en esta sociedad y sopesar su relevancia como factor de centralización política y cambio social frente a mecanismos económicos, demográficos o sociales. RespuestaMarta Herrera Ángel Universidad de los Andes Agradezco a Alejandro Bernal los comentarios que hace al texto “Milenios de ocupación en Cundinamarca”, así como su lectura del mismo. Sus señalamientos son interesantes y apuntan en varias direcciones, pero en aras de la brevedad me voy a referir sólo a tres de ellos: primero, la supuesta lectura acrítica que dan numerosos autores a la información que proporcionan los cronistas sobre la organización política de las comunidades indígenas asentadas en el altiplano cundiboyacense y sus vertientes al momento de la invasión del siglo XVI; la segunda, muy estrechamente relacionada con la anterior, es la insistencia por debatir sobre hipótesis de carácter general, en detrimento de avanzar sobre temáticas más puntuales que, a su vez, podrían llevar a reconsiderar esas hipótesis generales; y tercero, el problema conceptual alrededor del término “guerra”. En lo que al primer punto se refiere, la oposición entre los denominados Zipa y Zaque, a la que habría que añadir, la existencia de grupos muiscas que no estaban sujetos a estas grandes unidades, debe considerarse la coincidencia de las fuentes documentales al respecto. Desde las tempranas narraciones de San Martín y Lebrija (1539), hasta descripciones mucho más tardías, como las de Piedrahita (1688), remiten a la existencia de esas grandes unidades. Incluso Rodríguez Freile (1636), quien presenta una versión alternativa según la cual éstas habrían estado encabezadas por Guatavita y Ramiquirí, insiste en la existencia de dos grandes unidades. Sobre esa base, salvo que exista evidencia en otro sentido, conviene mantener ese planteamiento no como “hecho cierto”, sino más bien como hipótesis de trabajo. Argumentar, como lo hace Bernal, que la organización antes descrita obedecía al intento de describir a las comunidades muiscas en términos de los referentes del invasor, que serían los de una “campiña española” como unidad central de otras subordinadas, presenta varias dificultades. La primera, que los cronistas y, en general, la documentación no describe de manera uniforme a las unidades políticas americanas: el caso de las denominadas behetrías (en las que supuestamente no había caciques ni señores, ya que los pueblos elegían a su dirigente), sería un ejemplo. En segundo lugar, que para los españoles que protagonizaron la invasión del siglo XVI, envueltos en el proceso de expulsión de los musulmanes, difícilmente existió un modelo único de “campiña española”, que necesariamente hubieran utilizado como “patrón” para describir sus experiencias. Tercero, que el señalamiento –bastante común en la actualidad– en el sentido de que los eurodescendientes que describieron fenómenos políticos, muchos de los cuales les eran desconocidos y se salían de sus propios referentes culturales, lo hicieron únicamente a partir de sus propios parámetros culturales, parece olvidar el carácter bidireccional del proceso de aculturación en el que se vieron involucrados tanto los invasores como los invadidos. La visión de mundo del invasor no quedó incólume, fue transformada por el mismo proceso de invasión; incluso es viable pensar que sin este proceso de aprendizaje los invasores difícilmente hubieran podido sobrevivir. A los tres puntos anotados anteriormente habría que sumar uno muy importante, que con frecuencia se omite, y es el relativo a la forma como los pobladores nativos presentaron a los invasores la información sobre sus “usos y costumbres”, es decir, sobre su propia cultura y sus prácticas. Lo anteriormente señalado sugiere que la “credibilidad” en las fuentes debe considerarse en un aspecto relativo y de mayor complejidad, en el que la incertidumbre que acompaña a la interpretación no nos conduzca a la parálisis. Sobre las bases anotadas conviene preguntarse qué tan productivo resulta seguir debatiendo sobre si esas unidades descritas por los cronistas existían o no, sin proporcionar argumentos o evidencia sólida que proponga otra hipótesis alternativa. Al respecto, lo que propone el artículo de “Cundinamarca” es trabajar temáticas más puntuales que lleven a comprender mejor la organización social, política y económica de las comunidades estudiadas. Esta vía, a su vez, podría llevar a reconsiderar, sobre bases menos especulativas, esas hipótesis generales que Bernal cuestiona. Tal esfuerzo implica, como se plantea en el artículo, que en términos teóricos y metodológicos resulta fundamental reunir los hallazgos de variadas disciplinas tales como la historia, la etnografía, la arqueología, la lingüística y la geografía. Ese ejercicio puede conducirnos a aproximaciones, a mi modo de ver, mucho más sugestivas e interesantes. Si por un momento nos olvidamos de esos grandes personajes, como Zipa y Zaque, a los que la “historia de héroes” nos ha acostumbrado, y nos centramos en lo que observan los estudiosos de los vestigios de la cultura material, surgen posibilidades muy sugestivas. María Stella González de Pérez, por ejemplo, ha observado las diferentes maneras de hablar muisca entre bogotaes y tunjas, y cómo el español cundiboyacense permite apreciar huellas de esa diferencia. Para una misma palabra, como por ejemplo, el rrisaca del norte, con un sonido vibrante de la rr, se presenta la variación del chisaca santafereño, generando diferencias por ubicación (diatrópicas). Estos señalamientos, es necesario subrayarlo, si bien no agotan la gama de variantes dialectales, como es el caso del duit que se usaba en Duitama, remiten a diferencias entre el norte y el sur. No son las únicas. Arqueólogos como Langebaek y Cardale han sugerido la existencia de interesantes contrastes entre los grupos muiscas del norte y del sur, en varios aspectos, incluidas las formas de enterramiento, que sería importante estudiar sistemáticamente. Lleras ha precisado: “Las diferencias entre los muiscas en el sur y en el norte incluirían no sólo su cultura material sino también los contenidos de sus creencias y mitos, aspectos particulares de su organización sociopolítica y su lengua. Paralelamente, como se señala en el artículo de “Cundinamarca”, varios estudi osos han analizado evidencia sobre el carácter dual del sistema de pensamiento muisca, como ya se sugiere en las oposiciones chia (luna) y sue (sol), Bochica y Bachue, Zipa y Zaque, para sólo mencionar algunas. Se trata de elementos sueltos aquí y allá, que abren posibilidades alternativas y cuestionan la idea de procesos de centralización entendidos dentro de concepciones de cambio social de corte evolucionista unilineal. En efecto, más que un fenómeno tendiente a la centralización del poder, lo que podríamos estar observando, por ejemplo, sería una estructura de poderes paralelos, tendiente precisamente a evitar su concentración y su unificación. Esa es una posible hipótesis, pero no la única. Sobre este punto no puede olvidarse, además, la existencia de grupos no muiscas que formaban parte de su organización política y, a veces, terminan por identificarse como tales. Los anteriores elementos sugieren la gama de posibilidades que se abre al dejar de considerar en forma aislada la información general que proporcionan las crónicas, y analizarla en el contexto de otra documentación y de los hallazgos hechos por otras disciplinas. Algo similar habría que anotar con respecto al tercer punto, el del problema conceptual alrededor del término “guerra”. Un elemento central a tener en cuenta es que ese concepto ha tenido un sentido específico tanto en términos históricos como culturales. De una parte, las prácticas asociadas con los enfrentamientos bélicos propias de una colectividad se estructuran en con sonancia con el conjunto de sus prácticas culturales. De otra, incluso en Occidente, el concepto de guerra o werra ha variado significativamente en el tiempo, al igual que las prácticas militares que se consideran o no válidas entre culturas vecinas contemporáneas. A pesar de tales variaciones, cierto tipo de actividades son interpretadas por diversos grupos como intercambios hostiles. Aquí, como en el caso anterior, considerar esos intercambios como “factor de centralización política” e invalidar la información que sobre tales actividades proporcionan las crónicas, con el argumento de que su interés era legitimar las acciones de los europeos, puede llevar a descartar posibilidades sin adelantar una exploración a profundidad del problema. Bernal afirma que sólo en mupocos casos los indígenas usaron la palabra “guerra” en pleitos adelantados en las primeras décadas del período colonial. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que, a diferencia de la palabra “pobre”, para la que en muisca “No hay vocablo particular”, la palabra saba fue traducida como guerra y la palabra isabagosqua como guerrear. Sugiere la traducción de esos vocablos la existencia de un fenómeno equiparable al que los europeos identificaron como guerra, cuya finalidad no tendría por qué ser la de incrementar la centralización política, ya que incluso podría operar como mecanismo para evitarla. Sea como sea, lo importante con respecto a este punto sería entender en el contexto de las prácticas culturales muiscas el sentido y las peculiaridades de lo que denominaron saba. Mapa No 1.31 Martha Herrera Mapa No 2. Departamento De Cundinamarca Ocupación De Territorio Al Momento De La Invación (S. XVI)32 Milenios de ocupación en Cundinamarca BibliografíaA. Archivos
B. Crónicas Y Documentos Trascritos
C. Bibliografía Moderna Y Contemporánea
Alimentando La Casa, Bailando El Asentamiento: Explorando La Construcción Del Liderazgo Político En Las Sociedades MuiscaHope Henderson Universidad Nacional de Colombia Este ensayo contribuye a investigaciones previas sobre procesos de cambio en sociedades complejas, especialmente en cacicazgos, sociedades de rango o sociedades de escala media, que identifican la capacidad que tienen las élites incipientes de elaboración de conocimiento y ritual como un aspecto básico en la creación de liderazgo político formal y de desigualdad hereditaria. Inspirada en esos trabajos, propongo adelantar investigaciones antropológicas e históricas sobre la construcción de liderazgo que analicen las prácticas y los contextos específicos en los que la gente ejercitó y reprodujo el poder. ¿Cómo es que los agentes políticos emergieron, como individuos o como grupos capaces de apropiarse, de elaborar o de crear el conocimiento y las prácticas rituales que permitieron la creación de posiciones más institucionalizadas de liderazgo? ¿Qué contextos históricos facilitaron o limitaron estas innovaciones culturales? ¿Era esta apropiación del conocimiento con fines políticos un proceso consensual que integró a las comunidades locales o un proceso divisivo que creó resistencia y conflicto dentro de las sociedades? ¿Hasta qué grado, las prácticas rituales preexistentes fueron modificadas y ejecutadas durante el periodo colonial? Aunque mis investigaciones se centran en periodos prehistóricos, espero estimular la discusión sobre las maneras en las que la investigación histórica puede contribuir a estas discusiones teóricas, documentando las continuidades, las variaciones, y la transformación de formas indígenas de poder, de autoridad y de prácticas rituales durante el periodo colonial. Discuto aquí los debates teóricos y las investigaciones antropológicas sobre los orígenes y los procesos que formaron el liderazgo político. Propongo la necesidad de una noción relacional de poder, y empleo los conceptos de Eric Wolf, en especial el del poder estructural. Luego, repasó la evidencia lingüística y arqueológica de la práctica ritual de “hacer lugar” o iebzasqua y el papel de sujetos no-humanos, específicamente las casas o gue, en la construcción del liderazgo muisca durante los siglos XI y XII en el asentamiento del cacicazgo de Suta, en el Valle de Leyva. Finalmente, discuto algunas de las maneras en las que el conocimiento y las ideas fueron expresados en ciertos tipos de actuación –término usado aquí con el significado que en inglés tiene “performance”– que les habría permitido a las élites incipientes y a los otros miembros de sus comunidades, establecer y disputar relaciones asimétricas. I. Discusiones Antropológicas Sobre Orígenes Y Surgimiento De Líderes PolíticosLas explicaciones antropológicas clásicas para el surgimiento de líderes políticos enfatizan la elaboración de las diferencias de género o de edad en el interior de las sociedades igualitarias como base de la autoridad informal y de influencias contextuales. Service concibió el poder carismático como la capacidad de una sola persona de combinar la habilidad social del carisma, el coraje, el buen juicio y la experiencia, lo que daba la autoridad total de liderazgo. A pesar de este énfasis en las cualidades y capacidades individuales, Service imaginaba el cambio hacia los cacicazgos como un proceso básicamente inconsciente, en el cual los líderes administrativos habrían surgido para coordinar la producción para la subsistencia y para distribuir productos básicos a lo largo de diversas zonas medioambientales. Sin embargo él identificó que como parte de este proceso “la tendencia de la gente a creer que el carácter de un hombre se transmite a su hijo, y particularmente a su primer hijo” se convirtió en una regla que contribuyó a los procesos mediante los cuales el liderazgo se formalizó como una posición. Así, las cualidades personales jugaron un papel puntual en las formas en las que algunos individuos transformaron maneras informales de liderazgo y las formalizaron con el tiempo. Más de una década después, la discusión de Spencer sobre una manera informal de liderazgo “dependiente en el contexto” en el proceso de creación secuencial de jerarquías desarrolló aún más las ideas de Service sobre las formas en que individuos talentosos podrían comenzar a acumular cierto grado de influencia personal en socie dades que reconocían cierto grado de diferencias de estatus, pero que negaban las diferencias adscritas asociadas al liderazgo institucionalizado. Spencer ha propuesto que esas formas coyunturales de liderazgo proporcionaron modelos para formas más institucionales, aunque enfatizó que estas formas se escogen con base en las condiciones específicas de cada sociedad. Aun así, Spencer vio la capacidad de la gente de usar diversas estrategias y su búsqueda de metas particulares, como mecanismos que pudieron crear el cambio social. Recientemente, esta noción básica del líder carismático que crea el cambio mediante su iniciativa individual y/o mediante sus capacidades particulares se ha vuelto a enfatizar como una fuerza dinámica en varias diferentes clases de trabajos teóricos sobre sociedades complejas. En particular, un enfoque teórico reciente sobre la agencia y los aggrandize refuerza estas concepciones dándoles mucha preeminencia a las “capacidades humanas naturales” de los líderes políticos, por ejemplo, a su personalidad naturalmente ambiciosa. Las críticas feministas a estas premisas expresan que los líderes políticos incipientes con mucha frecuencia se conciben como varones altamente autónomos, carismáticos, ambiciosos, y de avanzada edad, lo que parece reflejar más nuestros propios conceptos sobre líderes en las sociedades estatales modernas que aquéllos de las sociedades del pasado que tenían una organización política diferente. Taylor ha criticado en forma más amplia el supuesto de que exista una motivación universal, el deseo de poder, culturalmente e históricamente situado, relacionado en parte a las tradiciones judeo-cristianas y a nuestra condición de individuos en los modernos Estados nacionales establecidos desde el siglo XVIII. La crítica a estos acercamientos implica adelantar investigaciones de los procesos histórico-culturales específicos en los que emergieron los líderes políticos. Asimismo, los estudiosos que rechazan el sesgo analítico referente a las cualidades esenciales de los líderes políticos proponen más investigaciones sobre subjetividades alternativas y sobre las nociones de individualidad (personhood) sobre las cuales la gente construyó las posiciones del liderazgo. Por ejemplo, Brück propone una re examinación más procesual y más relacional de cómo el poder y la individualidad fueron constituidos en la sociedades antiguas, de manera que se reconozcan las relaciones sociales más amplias, las obligaciones, las experiencias de la gente y la importancia de fuentes no humanas de poder tales como dioses, espíritus y antepasados. En un acercamiento distinto, Dillehay cuestiona la idea de que los líderes políticos fueran los agentes primarios del cambio en sociedades complejas tempranas, mediante un análisis sobre la manera en que las casas del valle de Zana (1400-1200 a.C.) efectuaban los rituales comunales periódicos asociados a plazas en forma de U en sitios ceremoniales, para lograr, así, compartir el poder y promover una solidaridad colectiva y autodirigida. En su conjunto, estas críticas nos desafían a reconsiderar la construcción analítica tanto de la élite como de los comuneros y a reexaminar el grado en que los líderes incipientes respondían a: 1) tradiciones preexistentes y 2) a las demandas de otras personas. Sin embargo, aun si rechazamos la noción de que ciertas cualidades personales como el ser varón, altamente ambicioso, autónomo, carismático, independiente o viejo, las iniciativas individuales, o el deseo de poder, fueran factores importantes en la construcción de un liderazgo formal, debemos también considerar más cuidadosamente las alternativas analíticas. La importancia de individuos históricos, líderes varones y guerreros, o del comunero privado de derechos no se puede negar como absolutamente sesgada cuando se evidencia empíricamente su existencia. Por otra parte, aunque no debemos dar preeminencia al individuo arqueológico y a las motivaciones universales basados en nociones contemporáneas de identidadTampoco debemos asumir acríticamente las formas de liderazgo como convenciones culturales particulares, o como modificaciones selectivas de las tradiciones implícitas en el concepto de personhood o en una noción cultural de poder. El debate actual tiende a fijar propuestas opuestas y excluyentes que tienen la consecuencia desafortunada de evitar que pensemos acerca de la variación y acerca de las sutilezas en las maneras en que las relaciones humanas y las tradiciones preexistentes cambiaron con la construcción y la reproducción del liderazgo político. ¿Entonces, cómo podemos conceptualizar más ampliamente los múltiples procesos de cambio que implica la construcción de desigualdades políticas? Pienso que la formulación que Wolf hace de poder estructural contribuye a estas discusiones en una manera que promueve investigaciones empíricas, porque presupone una noción relacional y no unitaria del poder. Para Wolf, el poder es un aspecto siempre dinámico de las relaciones sociales y no una fuerza independiente y estática. Identificó cuatro modalidades de poder que influyeron en las relaciones sociales: 1) el poder individual, 2) el poder de mandar, 3) el poder organizacional, 4) la capacidad de crear estructuras o poder estructural. Wolf también reconoció que las relaciones y diferencias de poder eran fluidas y que a veces resultan en monopolios de poder y esfuerzos para resistirlos. El poder estructural es una modalidad de poder que se basa en la capacidad de crear configuraciones sociales específicas que permiten a la gente crear oportunidades y también límites a las acciones. El poder estructural es la capacidad de controlar las situaciones en las que se expresan las diferencias. Pienso que las prácticas rituales son contextos donde se puede dar el poder estructural, pues éstas son arenas de la actuación y de la comunicación en donde las propuestas de relaciones asimétricas fueron representadas, modificadas, y comentadas. Las idea de Wolf sobre el poder como un aspecto de las relaciones es relevante también, porque existen estudios arqueológicos que muestran cómo el surgimiento de líderes políticos en algunos cacicazgos se caracteriza por procesos dinámicos, en los cuales la base del poder se modificó con el tiempo; esto apoya empíricamente la idea de que durante varias generaciones, algunos líderes incipientes periódicamente evalúan y modifican sus comportamientos políticos. Los nacientes líderes políticos que hacían actividades diferentes, pero que a la vez responden a tradiciones y relaciones sociales preexistentes para poder transformarlas, son un fascinante tema de investigación ya que actuaban de nuevas maneras y evaluaban las consecuencias de sus cambiantes prácticas para mantener así su posición estratégica. Debemos preguntarnos por qué no sólo un líder, sino varias generaciones de líderes tenían la capacidad de romper con relaciones preexistentes y crear nuevas relaciones asimétricas para, así, promover cambios en las sociedades. Por ejemplo, el Periodo Muis ca Temprano (1000-1200 d.C.) es particularmente interesante, porque ocurre después de un periodo de casi 1.000 años en el que las sociedades humanas del altiplano no cambiaron mucho y es un periodo de tiempo marcado por cambios relativamente rápidos en la organización y escala de las sociedades. II. Investigaciones Antropológicas Sobre Líderes Políticos Y Prácticas RitualesLa importancia del liderazgo como un proceso relacional y de las prácticas rituales como política está bien apoyada en estudios etnográficos de las sociedades cacicales. En su estudio seminal sobre el liderazgo político en 63 cacicazgos etnográficamente documentados de las Américas, Feinman y Neitzel encontraron que la responsabilidad de organizar ceremonias, dándole forma así al conocimiento y al ritual, era una de las funciones más comunes de los líderes políticos indígenas. En su muestra, 55% de los líderes en Centroamérica y Suramérica, 56% de los líderes en el Este de Norteamérica y 74% de los líderes en el Oeste de Norteamérica, eran los responsables de organizar ceremonias. Por otra parte, tal organización era la función más común de los líderes en el Oeste de Norteamérica y junto con la responsabilidad de dirigir la guerra y asuntos diplomáticos, era la función más común de los líderes políticos en el Este de Norteamérica. En Centroamérica y Suramérica, la responsabilidad de dirigir ceremonias era la segunda tarea más común de los líderes, después de dirigir la guerra. Además, en otro análisis etnográfico comparativo de la construcción social del liderazgo, Rousseau identificó factores ideológicos y no factores económicos tales como exceso, escasez, comercio, o patrones de asentamiento, como los más relevantes para explicar el surgimiento de la estratificación hereditaria en sociedades de rango en el Sureste de Asia, Melanesia, Polinesia, y en la Costa Oeste de Canadá. Rousseau señala ciertas limitaciones de las explicaciones económicas y observa que éstas incluyen “causas deterministas por fuera de la conciencia de los agentes sociales”. Así, sugiere que la estratificación proviene de prácticas políticas que implicaron la selección consciente entre opciones culturales alternativas viables. La investigación arqueológica reciente sobre el surgimiento de las sociedades cacicales también demuestra cómo el control de la élite sobre el ritual y el conocimiento permitió la creación de liderazgo político en sociedades de pequeña escala. En particular, los estudiosos de las regiones muiscas y del Alto Magdalena, en Colombia han identificado varias maneras en que los líderes políticos elaboraron sobre el conocimiento y las prácticas rituales para transformar las relaciones políticas y formalizar sus posiciones de liderazgo. La autoridad política basada, sobre todo, en conocimiento y práctica ritual fue expresada en la fabricación y el intercambio de bienes de prestigio, especialmente objetos del metal, que contenían símbolos iconográficos específicos, en la coordinación de fiestas y otros rituales comunales y en la elaboración de prácticas mortuorias de individuos de alto estatus. Al examinar las sociedades complejas de Mesoamérica, Blanton, Feinman, Kowaleski, y Peregrine también centran su atención en el ritual, declarando que las “economías políticas basadas en el conocimiento” han sido generalmente subvaloradas, en favor de modelos teóricos que destacan una relación entre centralización política y desigualdad económica. Inspirados en la con cepción de los cacicazgos “orientados al grupo” de Renfrew, desarrollan un modelo teórico de estrategia política corporativa, donde el poder se comparte en el interior de grupos y los líderes emergentes controlan el ritual, la religión y el conocimiento. Estas sociedades también tenían una organización económica con grados mínimos de desigualdad de riqueza. La investigación en el asentamiento cacical de Paso de la Amada, México (1550-850 a.C.) apoya parcialmente este modelo. Los investigadores encontraron que allí las diferencias de estatus dentro de una unidad política de unas 1.000 personas no estaban relacionadas con factores económicos, sino con diferencias en las prácticas rituales, según se espera de sociedades corporativas basadas en “conocimiento”41. Algunas residencias del sitio cacical de Paso de la Amada tenían residencias más elaboradas, construidas sobre plataformas monticulares bajas, y contenían entierros de artículos rituales exclusivos, tales como grandes figuras huecas, máscaras, y objetos de valor simbólico. Los autores interpretan este patrón de distribución de artefactos como evidencia de que las élites emergentes se distinguieron de otros miembros de la comunidad coordinando prácticas rituales comunales alrededor de sus casas. Sin embargo, Lesure y Blake observan también que las actividades rituales de esta unidad política fueron moldeadas durante varios centenares de años por la desunión y la competición creciente entre casas, y no por la unificación de un código corporativo. En este ambiente político fluido, una familia o grupo residencial mantuvo una preeminencia política basada en el ritual por un periodo de 250 años, lo que es ilustrativo de la noción de Wolf (1990, 1999) de un poder estructural cuyos procesos permiten establecer relaciones políticas desiguales y transformar las sociedades, creando, así, oportunidades para algunos y limitantes para otros. La manera en que un grupo doméstico estableció su dominio político en Paso de la Amada puede también ser análoga al surgimiento del liderazgo muisca en el asentamiento de Suta, Valle de Leyva, donde la construcción y el mantenimiento de un complejo residencial cacical durante los siglos XI y XII parecen estar asociados a actividades rituales comunales. 39 Blanton y otros, “Dual-Processual”, 3-7. III. El Ritual Muisca De IebzasquaEn un trabajo anterior, analicé 1) el vocabulario de la extinta lengua muisca, 2) los patrones arqueológicos de asentamiento de Suta, Valle de Leyva, y 3) las descripciones históricas de los complejos residenciales cacicales; aspectos todos que sugieren que el liderazgo de los caciques fue establecido y construido en rituales comunales de “construcción de lugar”, y desarrollados en parte para mantener a temibles seres vivos no-humanos, es decir, a las casas o gue. Me limito aquí, entonces, a considerar en términos generales lo que significaron estas actividades rituales para la construcción del liderazgo en las sociedades muiscas durante los siglos XI y XII. Los investigadores interesados en un análisis más completo del vocabulario muisca relacionado con el carácter vivo de casas y lugares, y la escala de organización de la autoridad política muisca pueden consultar a Henderson y Ostler. La palabra iebzasqua, que significa “hacer lugar” se construye con base en la palabra polisémica ie, que significaba camino, estómago, mantenimiento, humo, alimento, danza, y rezo. La palabra “hacer lugar” podría significar alternativamente “poner lugar”, “poner camino”, “poner estómago”, “poner mantenimiento”, “poner humo”, “poner alimento”, “poner danza” o “poner rezo”, lo que es altamente sugestivo de una serie de actividades rituales diseñadas para consagrar lugares especiales. Iebzasqua parece referirse a las ceremonias en las que los caciques muiscas organizaban largas procesiones en los caminos adyacentes a sus complejos residenciales. La construcción del numeral ie+número era una palabra usada para marcar en voz alta las secuencias de la danza y del rezo, y sugiere que alguien, quizás el cacique, coordina estos rituales. Rituales similares, aunque nunca llamados iebzasqua por los españoles, también se describen en documentos históricos desde al menos 1563. Comenzando en la puerta o “boca” de sus residencias, caquyhuca, estas actuaciones realizadas sobre el camino o “estómago”, incluían desfiles de gente bailando, cantando o rezando y también especialistas que observaban el movimiento del sol; eran ofrendas colectivas que ayudaban a mantener el carácter vivo de los lugares y las casas, permitiendo que la gente y sus líderes alimentarán los lugares para que continuaran existiendo. El desafío para los investigadores de las sociedades muiscas prehistóricas, es identificar y documentar evidencias de estas prácticas rituales, que están presentes en vocabulario recolectado durante los siglos XVI y XVII y en documentos del siglo XVI. Hay evidencia arqueológica de que los caciques realizaban estos rituales, incluso desde el siglo XI. En el sitio arqueológico de Suta identifiqué un sector del asentamiento, rectangular, de 2 ha de extensión, que en forma y tamaño se asemeja a las descripciones históricas de los cercados o complejos cacicales, y un espacio colindante al sur, sin residencias, donde pudo haber existido un camino, preservado a través de la historia del asentamiento. Durante el periodo Muisca Temprano (1000-1200 d.C.) ese sector medía 2 hectáreas y contenía 15 residencias, que representan el 25% de la población de Suta y el 14% de la población regional de todo el Valle de Leyva. Para el Muisca Tardío (1200-1600 d.C.) El sector rectangular se mantiene, aunque ahora cubre un área más pequeña, de 1,3 hectáreas y tiene una menor cantidad de residencias. El tamaño de los complejos residenciales cacicales y su cantidad de habitantes proporcionan una medida muy general de la influencia centrípeta de los líderes políticos dentro de su comunidad y dentro del Valle de Leyva. Interpreto esto como evidencia de que los líderes políticos del periodo Muisca Temprano fueron más exitosos que los del Muisca Tardío en crear coaliciones políticas para atraer a la gente a vivir cerca en sus complejos residenciales. A partir del segundo periodo, los caciques eran menos exitosos en reproducir la misma clase de coaliciones políticas; su influencia dentro de la comunidad y dentro del valle era comparativamente más débil. Por otra parte, el patrón espacial aleatorio de las residencias observado para el Muisca Temprano y la distribución espacial uniforme de las residencias durante el Muisca Tardío son sugestivos de un alto grado de autonomía de las residencias y de un grado bajo de control directo por parte de las elites políticas. Estos resultados preliminares sugieren que el liderazgo político se desarrolló alrededor de actividades rituales, tales como el iebzasqua, asociadas a la casa y a los complejos cacicales residenciales. Sin embargo, la importancia del ritual en esta clase de cambios estructurales en la organización política probablemente se limitó al periodo Muisca Temprano (unos 200 años, 4 a 8 generaciones), lo cual sería similar al caso de Paso de la Amada en México. Para el Muisca Tardío, esta clase de actividades, aunque probablemente seguían realizándose, no parecen ser una fuente muy fuerte o duradera del poder político, porque el grado de centralización reflejado en los patrones espaciales a nivel de la comunidad es menor. Sin embargo, estas interpretaciones preliminares requieren más estudios. La investigación arqueológica futura permitirá entender mejor la distribución espacial, las secuencias de construcción y las actividades asociadas a los complejos cacicales residenciales y a otras unidades residenciales para aclarar la distribución de estas actividades rituales y el grado de control que tendrían por parte de grupos de élites dentro de la comunidad de Suta. IV. Reconsiderando El Poder Estructural: La Autoridad Y El Poder Político¿Qué clase de autoridad política les daba el iebzasqua a los líderes políticos? En la medida en que la autoridad política dependía de actuaciones y rituales tales como iebzasqua, podemos preguntarnos hasta qué punto el liderazgo muisca en los siglos XI y XII en Suta tuvo un control 1) directo o indirecto, 2) efímero o duradera y 3) aceptado o disputado en sus comunidades y regiones. Si asumimos la idea de Eric Wolf de que el poder es algo que se construye desde múltiples relaciones y que es fluido, entonces debemos entender que el éxito de los líderes muisca que realizaban el iebzasqua para recrear relaciones políticas era contin gente en las relaciones sociales de la comunidad y dependiente de la percepción y de la participación de otros. Los controles y las sanciones sociales informales habrían sido influyentes dentro de las pequeñas comunidades de varios cientos de personas que participaban y reflexionaban sobre el éxito de sus esfuerzos colectivos. Esto significa que la elaboración del conocimiento sobre casa y lugar en las actuaciones rituales puede haber resultado en limitación y control al comportamiento de los actores políticos, proporcionando revisiones colectivas a los comportamientos e ideas individualizantes. Si, por ejemplo, el iebzasqua era parte de un calendario anual de actividades rituales, entonces los miembros de la casa del cacique, la comunidad, y la unidad política también tendrían la oportunidad de participar, evaluar y comentar cada año las actuaciones comunales. Por lo tanto, si examinamos el desarrollo de estas actividades como ejemplos de poder estructural, entonces debemos observar que los líderes incipientes estaban potencialmente limitados por estas actuaciones rituales. La capacidad de los líderes de recrear rituales tales como el iebzasqua para aumentar su capacidad de acción política y para reducir la capacidad de acción de otros no se puede asumir y debe ser demostrada empíricamente. Hipotéticamente, acciones rituales acertadas pudieron haber ayudado a los líderes incipientes a generar consenso sobre su liderazgo dentro de las comunidades y, así, haber permitido que los caciques actuarán con autoridad en asuntos más mundanos, tales como el intercambio, la guerra y el tributo. En este caso, el iebzasqua habría sido una forma de construcción de confianza en los líderes que resultó en controles políticos más directos, duraderos, y aceptados. También es posible que estos rituales relacionados con las casas de los caciques fueran simplemente versiones más elaboradas de prácticas rituales más generales practicadas por todas las casas, de modo que la ejecución del iebzasqua alrededor del complejo residencial cacical generaría un cierto grado de competición y de desunión entre las casas y en la comunidad. En este caso, la capacidad de hacer el lugar estaría relacionada con formas de liderazgo más indirecto, efímero y disputado, acercándose más al tipo de poder organizacional y no al de poder estructural. Finalmente, es también posible que los líderes políticos elaborarán las actividades rituales, pero que estuvieran limitados a esta esfera del comportamiento político y no ampliarán esta clase de autoridad a otros aspectos de las relaciones humanas. Como dinámica política, la capacidad de controlar y de transformar el ritual y el conocimiento no significó siempre que las élites pudieran o quisieran crear mecanismos económicos de control Para evaluar estos tres posibles escenarios diferentes y determinar si estas secuencias de cambio fueron más consensuales o conflictivas, necesitamos estudios arqueológicos adicionales que evalúen la variabilidad en la construcción, el uso y la reproducción de estos espacios rituales en las residencias cacicales y las de otros miembros de las comunidades, en múltiples regiones para entender mejor el grado y la velocidad del cambio en el cual varias generaciones de líderes muiscas y varias generaciones de los miembros de las comunidades rea lizaron iebzasqua y aumentaron, así, su capacidad para la acción política. El desarrollo de rituales colectivos alrededor de grandes complejos residenciales no es de facto evidencia de que los líderes incipientes limitaran las acciones de otros y tuvieran un control absoluto sobre prácticas rituales. El uso del concepto de poder estructural, basado en una noción de poder relacional y no unitario, requiere de estudios comparativos sobre cambios en un conjunto de contextos sociales durante largos períodos de tiempo. La noción de que ciertos rituales comunales que implican fuerzas no humanas y eran organizados por líderes incipientes, fueran herramientas políticas de doble filo, que proporcionaban tanto oportunidades para manifestaciones políticas así como para limitarlas y resistirse, es teóricamente interesante, porque también modifica la definición clásica de Service de autoridad política basada en una noción unitaria de poder. Siguiendo a Arendt, Service creía que esa autoridad que sostuvo nuevas clases de comportamiento político habría exigido obediencia, excluido el uso de la fuerza o imposibilitado el uso de la persuasión, puesto que estaba basada en una jerarquía, cuya legitimidad era reconocida por todos. Service también reconoció que el uso de la fuerza era una base alternativa para nuevas clases de acción política. La premisa de que la jerarquía fue reconocida por todos, deriva de una noción unitaria y no relacional de poder y desconoce la capacidad de los actores sociales de promover cambios. Neo evolucionistas cómo Service y Fried pensaban que el liderazgo político y la desigualdad hereditaria eran cambios inconscientes que ocurrieron debido a reemplazos en las estructuras de organización de las sociedades. Los factores externos y no internos serían, entonces, más importantes para entender el cambio sociocultural. Sin embargo, pienso que los líderes no tenían que invocar sólo su propia autoridad personal como pretexto para afirmar nuevas clases de poder. Debemos pensar también en una noción más relacional de autoridad. Los líderes incipientes podían haberse puesto a sí mismos como dependientes de otras fuentes de autoridad: fuentes de poder externas, algunas de carácter humano, por ejemplo, la comunidad, y otras no humanas tales como lugares, casas, o antepasados. Tal vez, los actores políticos podían liderar, porque no estaban a cargo; estaban también sujetos a fuerzas ampliamente reconocidas y más influyentes: antepasados exigentes, dioses caprichosos, casas hambrientas, y el chisme y la especulación de la comunidad. Su autoridad para actuar de nuevas formas, es decir, para recrear rituales colectivos, estaba cimentada en parte en crear relaciones asimétricas, pero también era contingente sobre relaciones recíprocas con la comunidad y con fuerzas no humanas de gran poder. Esta noción más amplia de autoridad basada en una red de relaciones y obligaciones sociales es interesante y útil ya que desafía a los investigadores contemporáneos, y es diferente de nuestras nociones unitarias de poder y liderazgo como producto de cualidades personales y de iniciativas individuales. Pienso que es una premisa útil para generar otras preguntas de investigación, no solamente sobre el surgimiento inicial de líderes en comunidades pequeñas como Suta en el siglo XI d.C. sino también sobre las maneras en que los líderes y las comunidades indígenas identificaron y respondieron al orden político colonial, formando redes complicadas de alianzas. V. Conclusiones Y Recomendaciones Para La Investigación FuturaEste ensayo es una exploración inicial de la relación entre la construcción de autoridad y el poder político como un aspecto de las relaciones sociales, no solamente en la sociedad muisca sino también en entidades políticas análogas de tipo cacical. Por lo tanto, las ideas propuestas aquí son más preliminares que definitivas: las conclusiones de este trabajo no se pueden escribir aún y requieren nuevas investigaciones arqueológicas para reconstruir secuencias de cambios y transformaciones en una red amplia de contextos en sociedades del pasado. He sentido inspiración y curiosidad por los diversos significados simultáneos del concepto de iebzasqua: bailando el asentamiento, alimentando la casa, poniendo el estómago, el rezo, y/o el humo. Espero que el concepto del iebzasqua y otras palabras similares de la extinta lengua muisca puedan estimular más discusión e investigación académica sobre fenómenos multifacéticos y poder relacional, especialmente en la forma desarrollada por el fallecido Eric Wolf, quien reconoció la incapacidad histórica de la investigación antropológica para examinar el papel del poder en la creación de configuraciones culturales e incitó a los antropólogos a trabajar más sobre las complejidades que ligan a las relaciones sociales, las ideas y el poder. Los arqueólogos que trabajan para reconstruir las sociedades muiscas del pasado pueden mejorar nuestra comprensión de la dinámica y de las consecuencias políticas de actividades rituales al documentar el desarrollo y la variabilidad de los rituales de iebzasqua: identificando los caminos (ie) adyacentes a los complejos residenciales cacicales, así como los posibles depósitos rituales asociados con ellos tales como ofrendas en los umbrales o “bocas” de las residencias cacicales. Sabemos realmente muy poco de casos concretos sobre los complejos residenciales cacicales y necesitamos más ejemplos de su construcción, uso, y reproducción. ¿Eran los grandes complejos residenciales cacicales, sus caminos y los rituales de iebzasqua unas características estándar de las comunidades muiscas o era la construcción de estos conjuntos un desarrollo más lento y selectivo que varió de región a región? También necesitamos entender mejor el desarrollo del iebzasqua como actividad colectiva, evaluando si los caminos (ie) eran una característica común a todas las áreas residenciales. Por otra parte, la noción de que el liderazgo muisca y el poder político fueron un aspecto de las relaciones sociales debería también estimular la investigación histórica sobre la manera en que las relaciones políticas fueron construidas, limitadas, extendidas, y, a veces, resistidas por los múltiples actores políticos a lo largo del periodo colonial. ReconocimientosAgradezco a Jorge Gamboa, del Instituto Colombiano de Antropología e Historia, por su estímulo, por compartir su experiencia y por organizar este simposio. Agradezco también a los colegas y estudiantes del Departamento de Antropología de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá por las estimulantes discusiones sobre las teorías de sociedades complejas y sobre la importancia de las prácticas rituales colectivas, especialmente en los cursos de la Maestría en Antropología (línea arqueología). Finalmente, agradezco a Víctor González Fernández, del Instituto Colombiano de Antropología e Historia, por su compromiso con las estatuas, los contextos arqueológicos, y un interés compartido sobre caciques danzantes. La investigación arqueológica en Suta, Villa de Leyva, realizada en 2001, fue financiada por una beca posdoctoral de investigación de la National Science Foundation (INT-0107380). ComentariosAlejandro Bernal V. Instituto Colombiano de Antropología e Historia Desde hace por los menos una década, los estudios sobre los muiscas han planteado una serie de cuestiones sobre la naturaleza del poder político de este grupo, basándose en una nueva forma de mirar el registro arqueológico y las fuentes documentales. De textos que nos hablaban de una “nación” muisca dividida en dos “poderosos reinos” encabezados por un Zipa y un Zaque, hemos pasado a comprender a unos muiscas mucho más diversos, constituidos por múltiples cacicazgos, cuyo poder y tamaño varió considerablemente. La presentación hecha por Hope Henderson se inscribe dentro de esa nueva tendencia de estudios. Me interesa comentar dos aspectos puntuales de la presentación como son las perspectivas que trabajos como éste están abriendo, y algunas cuestiones relacionadas con la utilización de los vocabularios y gramáticas muiscas del período colonial como fuentes documentales. La ponencia de Hope Henderson propone una forma alternativa de entender el liderazgo y los cambios del mismo en las comunidades muiscas. Básicamente se trata de entender el tema de las relaciones políticas y el origen de una autoridad central tratando de encontrarle un significado cultural y político a algunos conceptos hallados en los vocabularios y gramáticas muiscas, que algunos frailes españoles construyeron en el período colonial. No se trata simplemente de relatar o describir lo que dicen las fuentes históricas, método y forma de escritura que por cierto fue ampliamente utilizado por los antropólogos e historiadores hasta hace relativamente pocos años; la información encontrada en los documentos es estructurada por la autora de la ponencia de acuerdo al contexto lingüístico de las palabras utilizadas, ordenada por un cuerpo teórico, y comparada con la evidencia encontrada en los trabajos arqueológicos realizados por ella. El panorama mostrado es el de una autoridad política, cuyo poder emana del manejo de aspectos rituales y medios simbólicos, y no del control directo de medios económicos o productivos. Resulta interesante que para la parte tardía de la secuencia prehispánica se nos muestre a unas unidades de vivienda dispersas por el valle, con un relativo grado de autonomía con respecto a la autoridad central, es decir, evidencia del poco control que algunos caciques tenían sobre la población. En últimas, se nos presenta una imagen bastante alejada de los “grandes” y “ricos” señores que mencionan las crónicas. Respecto del uso de los vocabularios y gramáticas muiscas me gustaría plantear algunas reflexiones. Primero, me surge la pregunta: ¿hasta dónde había una uniformidad lingüística en el altiplano? En algunos documentos que he revisado en mi investigación sobre Guatavita he encontrado que los “len guas”, las personas que traducen al español las declaraciones de los indígenas en el proceso, se veían en ocasiones en dificultades para entender alguna declaración, o en otras oportunidades algunos expresaban ser muy hábiles en la traducción de varias de las lenguas que se hablaban en la región. Inclusive se describe en el documento que en un valle hablan una lengua y en el siguiente otra. De ser ratificada esa diversidad lingüística habría que hacer estudios más profundos sobre los pocos diccionarios muiscas que se conocen para poder precisar si la información fue recogida en una o en varias regiones del altiplano, y poder, de esta manera, analizar mejor el significado de una palabra específica en una región determinada. Otro problema radicaría en la forma de contextualizar la función con la cual fueron recogidos los vocabularios, es decir, que el hecho de haber sido pensados por los frailes como una manera eficaz de conversión y evangelización debe hacer parte de una crítica documental, en la cual se tengan en cuenta problemas inherentes a la traducción y al sistema de representaciones tanto de los indígenas como de los frailes. No existiendo más fuentes de esta naturaleza, y ante la inexistencia de hablantes actuales de la o las lenguas muiscas, es necesario seguir reflexionando sobre este asunto. Como lo muestra el trabajo que se nos acaba de presentar, la utilización de varias evidencias y métodos puede tener frutos para futuros estudios sobre la sociedad muisca. RespuestaHope Henderson Universidad Nacional de Colombia Hasta cierto punto, los antropólogos trabajan con visiones del mundo particulares e intentan comprender las sociedades humanas en sus propios términos. Los lectores interesados en la lingüística muisca pueden consultar la bibliografía en el artículo de Henderson y Ostler. Aunque el vocabula rio muisca es solamente una de las evidencias usadas en esta investigación, no estoy particularmente preocupada porque las inexactitudes o la falta de representatividad en la trascripción o en la traducción de una sola palabra afecte el análisis, que se basa en propuestas teóricas recientes acerca de las relaciones entre las prácticas rituales y el liderazgo incipiente dentro de las sociedades cacicales antiguas o prehistóricas. El vocabulario muisca representado en los diccionarios coloniales fue usado durante el periodo colonial, y es un conjunto adecuado de evidencias para sustentar el tipo de análisis arqueológico, histórico y antropológico esbozado en este trabajo. Pienso que la lengua muisca del periodo colonial temprano puede ser considerada junto con otros conjuntos de evidencias en nuestras investigaciones sobre estas sociedades. Finalmente, todos los “datos” históricos, antropológicos y arqueológicos son problemáticos. Y lo que es más importante, ningún conjunto de datos habla por sí mismo. En última instancia, no es una sola palabra o incluso una colección de 30 palabras lo que constituye la base de estos análisis. Por el contrario, he utilizado este rango de información para promover la investigación arqueológica enfocada hacia problemas en las comunidades muiscas posteriores al siglo XI, que documenten los restos materiales de estas prácticas y la construcción y reproducción de las relaciones de poder. En los próximos 10 años espero ver nuevas investigaciones teóricamente informadas, que nos ayuden a pensar estas sociedades de formas creativas y que utilicen una variedad de datos que nos ayuden a entender los patrones del cambio sociopolítico y las continuidades. Bibliografía
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domingo, 31 de diciembre de 2023
Los Muiscas En Los Siglos XVI Y XVII Miradas Desde La Arqueología, La Antropología Y La Historia
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