Tierra Y Piel En El Ser Indio De Quintín Lame Chantre Yamid Galindo Cardona -Hoy no tengo opiniones políticas, ningún indígena puede tenerlas, ahora la bandera ni es roja ni azul: es blanca, muy blanca, como debe ser la justicia y como es la paz... Mañana puede que nos hagamos a la sombra de alguna bandera que nos ampare... Quintín Lame Resumen El escrito va tras la huella de Quintín Lame, un ejercicio importante para conocer al hombre que se empeñó en luchar con unos objetivos claros y razonados; colocándolo a hablar desde su ideario político, para que aquellos que no conocemos mucho de su periplo, dedicado a trabajar por el bienestar de los pueblos indígenas en este país latinoamericano, nos acerquemos con los ojos del siglo XXI que descubre cómo en la actualidad todavía las injusticias sobre la comunidad indígena tienen un saldo en rojo, por la violencia política que nos ataca desde varios frentes. Igualmente, el complemento de este escrito analizará una mirada artística hacía la persona de Quintín Lame, buscando a través de la visión de una obra plástica el significado del hombre, bajo la sombra de una lucha que tiene su pasado en las vasijas y accesorios de barro, la transformación del oro en utensilios de prácticas rituales, y las piedras talladas de seres antropomorfos de cada una de nuestras culturas indígenas nacidas en el territorio; además de las vivencias dirigidas al reconocimiento político y social y cultural de nuestros indígenas, que al día de hoy sostienen rumbos diversos. Palabras claves: Quintín Lame, reivindicación social, lucha indígena, Antonio Caro, artes plásticas. Introducción: Quítate tu pa ponerme yo Latinoamérica significa un espacio particular donde convergen varios estados de ánimo, expresados bajo el pueblo que habita nuestros campos, las veredas, los pueblos, las ciudades y nuestros países. La piel indígena hace parte de ese estado de ánimo, ellos fueron los encargados de dar la bienvenida a aquellos que llegaron a nuestras tierras desde occidente en el siglo XVI para modificar abruptamente la vida de esas sociedades originarias en vías de “conquistarlos”, masacrarlos y colonizarlos; acabando varias de sus costumbres en las que se encuentra su religión, además de la unión corporal para crear otro ser con un rasgo nuevo y significativo, que hasta el día de hoy hace parte de la mayoría poblacional del centro y sur americano. En tiempos de la conquista de América existían una variedad de culturas que también se diferenciaban en sus estructuras políticas, económicas y sociales. Pero existían algunas prácticas culturales que sí los identificaban respecto a su homogeneidad: celebraciones rituales, mitos, poligamia y el trabajo de la tierra como principal subsistencia. Esa variedad cultural, sumada al inhóspito territorio, fue uno de los problemas trascendentales que encontraron los invasores, por lo cual las dificultades varían dependiendo al grupo que enfrenten. Una de las soluciones para crear una unidad en los territorios que iban conquistando, fue establecer las Audiencias representativas de los Nuevos Reinos establecidos en América y estos a su vez, como representación de la empresa recién fundada, el régimen de la llamada Encomienda, todo bajo el factor de ser ellos los señores y los indios los vencidos: La conquista confirió a los españoles el status de dominadores, de señores, y estableció una distinción de jerarquía entre ellos y los indios, -los vencidos-, que se sumó a la diferenciación cultural. Se conformó una estructura diferencial, que reguló a partir de entonces las relaciones entre unos y otros, en la que ser español era sinónimo de conquistador, y ser indio, de conquistado. El conquistador no era tan sólo el hombre, el guerrero, un encomendero, un funcionario con quien el indio tenía que relacionarse, sino la expresión y representación, el símbolo reificado de la totalidad de la nación que había realizado la conquista; a su vez, el indio no era sólo el siervo encomendado, sino su propio pueblo. Las virtudes y defectos de uno y de otro, eran las virtudes y defectos de sus respectivas sociedades. (Gutierrez; Pineda, 1991)
En el transcurrir de los siglos la colonización se estableció como una sucursal de las coronas españolas y portuguesas para el caso de centro y sur de América; emergiendo en los territorios conquistados diversas características de un nuevo hombre a través del mestizaje, que involucró a un nuevo actor traído como negocio para engendrar otra atrocidad sumada a la ya instaurada, se trataba de los africanos traídos como esclavos. El engranaje construido trajo consigo una estratificación social, en la cual los verdaderos pobladores del territorio seguían sufriendo las injusticias y vejámenes de lo que significaba ser indio. Para el siglo XIX el proceso de incorporación de las comunidades indígenas distribuidas en el territorio, hacían parte del proyecto de las elites criollas, con el fin de constituir una nación de ciudadanos: individuos libres e iguales con derechos y obligaciones. Por lo anterior, se dieron cambios escalonados para desintegrar las comunidades en tres medidas sustanciales: eliminación del tributo indígena, abolición de los resguardos, y la desestimación por considerarlos una civilización de bárbaros. Igual, el proyecto era difícil, ya que algunas cosas seguían por el mismo camino, a pesar de los movimientos independentistas, es decir, la nueva tradición republicana no podía acabar de tajo con ciertas medidas instauradas y aplicadas durante la colonia. El resguardo significó una herida abierta del pasado colonial, y como afirma Roberto Pineda: fue percibido como un rezago de ese pasado ignominioso y como una muralla que impedía la expansión de la civilización, prevaleciendo también los intereses de hacendados y municipios, que se apropiaron, aunque con amparo legal, de las tierras de los indios.(Pineda, 2004) El artículo de Pineda sirve como sustento de la política indigenista instaurada en Colombia durante el siglo XX, en ese orden de ideas, hay una afirmación concreta y básica del autor: al ser publicada la Constitución de 1886, inspirada en una ideología católica e hispanista, en el cual el pasado colonial fue reivindicado y valorado positivamente, se otorgó un rol especial a la religión católica como ordenadora social de la nación. Bajo la ley 89 de 1890 se determina la manera como deben ser gobernados los salvajes que se iban reduciendo a la vida civilizada, siendo un retorno indirecto a un manejo de la política de los pueblos indígenas al estilo colonial. (p. 25) El país se organizó por misiones, encargadas bajo el amparo del concordato, a las diversas órdenes religiosas católicas para educar y cristianizar, era el conducto directo por donde llegaba con toda su ideología moralizadora: [...] la Asamblea Nacional Constituyente convocada por el general Rafael Reyes ratificó mediante la ley 5 de 1905, la legalidad de la venta de los resguardos efectuados en subasta pública y los derechos de los rematadores. La ley 104 de 1919 ratificó la división de los resguardos, y dispuso severos castigos expresados en despojo de la tierra para aquellos indígenas que se opusieron a la división. (p. 25)
La influencia política y social trajo una ola de movimientos sociales en las primeras décadas del siglo XX en Colombia, veían en la cuestión indígena una forma de nacionalismo o por el contrario la semilla para crear las bases del futuro socialista. Al terminar la hegemonía conservadora y empezar la liberal en el año de 1930, se dio un nuevo aire, especialmente en el gobierno de Alfonso López Pumarejo durante 1934-1938, quien adelanta un programa de gobierno llamado Revolución en Marcha, pretendía modernizar la legislación social y económica del país y favorecer a los grupos de bajos recursos económicos, hizo transformaciones políticas y sociales, algunas de las cuales quedaron consignadas en la Constitución Nacional con una característica especial dirigida a la tierra y expresada en la Reforma agraria, que tenía como finalidad otorgar tierras a quienes cultivaban terrenos que no les pertenecían, introdujo el principio de que la propiedad privada tiene una función social que cumplir; es decir, que la posesión de la tierra no sólo la concede un título sino el aprovechamiento o explotación de esa tierra; sin embargo, esta reforma en nada cambió la situación indígena, ya que la perspectiva planteada desde la La instauración de la Constitución de 1886 se mantuvo bajo la medida de la ley 89.(Tirado, 1989) Lo que sigue son idas y venidas de una situación que desde hacía mucho tiempo atrás traía desventajas a los indígenas, ya que ni la creación del Instituto Indígena Colombiano en 1941 por parte de Antonio García y Gregorio Hernández de Alba, logró cambiar la estructura mental de nuestros gobernantes de turno, y de aquellos terratenientes que aprovechaban la oportunidad para expropiar y legalizar una tierra ajena bajo el amparo de las leyes estatales: [...] A partir de 1946, se incrementó la lucha contra la propiedad colectiva indígena. Gran parte de los resguardos de Nariño, por ejemplo, fueron divididos por un decreto oficial. Desde el Estado se fomentó una política de negación de las culturas y de las sociedades indígenas, en cuanto que se percibía –así lo había planteado claramente Laureano Gómez en su conferencia “interrogantes sobre el progreso de Colombia” (1928)- a los indios y a los “negros” como estigmas de inferioridad racial. (Pineda, 2004)
La tierra y la piel del ser indio de Quintín Lame Chantre, es una luz en el camino de las luchas por los derechos y la autonomía del pueblo indígena colombiano extendido en el territorio, esperando reintegrar la tierra perdida por las injusticias vividas desde la conquista y consumadas por los diversos estados instaurados en la creación de la república; además de agregar dos elementos importantes dentro de la vida cotidiana que llevaban: sus costumbres y cosmogonía. Antes de conocer su personalidad indígena y política, era necesario exponer brevemente cómo los españoles llegaron diciendo quítate tu pa ponerme yo bajo un medio siniestro, político y social. Obviando la posibilidad de encumbrarse como un personaje acartonado y superhéroe de una causa, buscando al ser humano para descubrirlo y mostrar algunas facetas que lo colocaron dentro de la historia del país como uno de los representantes más significativos del indigenismo colombiano. Anotando que Quintín Lame no pertenece al santoral patriótico, con mirada perdida en la gloria que nos mostraban los textos de educación histórica, él hace parte de la historia que hacen los pueblos, de los procesos que viven como actores de primer reparto, con episodios y sus causas. Este ensayo va tras la huella de Quintín Lame, un ejercicio importante para conocer al hombre que se empeñó en luchar con unos objetivos claros y razonados; colocándolo a hablar desde su ideario político, para que aquellos que no conocemos mucho de su periplo, dedicado a trabajar por el bienestar de los pueblos indígenas en este país latinoamericano, nos acerquemos con los ojos del siglo XXI que descubre cómo en la actualidad todavía las injusticias sobre la comunidad indígena tienen un saldo en rojo, por la violencia política que nos ataca desde varios frentes. Igualmente, el complemento de este escrito analizará una mirada artística hacía la persona de Quintín Lame, buscando a través de la visión de una obra plástica el significado del hombre, bajo la sombra de una lucha que tiene su pasado en las vasijas y accesorios de barro, la transformación del oro en utensilios de prácticas rituales, y las piedras talladas de seres antropomorfos de cada una de nuestras culturas indígenas nacidas en el territorio; además de las vivencias dirigidas al reconocimiento político, social y cultural de nuestros indígenas, que al día de hoy sostienen rumbos diversos.
Esbozos de una vida de lucha Las selvas del Cauca vieron nacer a Manuel Quintín Lame Chantre el 31 de octubre de 1887, hijo legítimo de Mariano Lame y Dolores Chantre, quienes fueron indígenas paeces terrazgueros, una relación servil en que el indígena obtenía un pedazo de tierra dentro de una gran propiedad terrateniente, a cambio de un tributo en trabajo, en pocas palabras, una situación medieval entre feudal y vasallo. Su círculo familiar lo complementaban tres hermanos, entre ellos una mujer muda llamada Licencia, quien fue violada por tres hombres armados participantes de la guerra civil de 1885 Aprendió a leer y escribir por esfuerzo propio, y el entusiasmo que le inyectaba su tío Leonardo Chantre - posibilitando más adelante un permiso institucional para revisar el Archivo Nacional e investigar documentos de la colonia sobre las propiedades de tierras en la región caucana-, además de cultivar la tierra para la subsistencia familiar y el tributo que como terrazgueros debían entregar a una tierra caucana llena de terratenientes. Quintín se casó dos veces, su primera esposa fue Benilda León, contrajo nupcias en una licencia dada durante el conflicto bélico de los mil días, sin embargo ésta murió en el año 1906; se casó por segunda vez en el año 1911 con Pioquinta León. Los Lame fueron víctimas de la congestionada vida civil traída por las guerras civiles del siglo XIX hasta principios del siglo XX con la llamada Guerra de los Mil Días, precisamente en está última participa Quintín enrolado en el ejército enviado a Panamá bajo las órdenes del general Carlos Albán, estando en campaña enferma por las difíciles condiciones climáticas, por lo cual es devuelto a su tierra. Lo que sigue hace parte de la situación del país, al fragmentarse el Gran Cauca se presenta una situación de rapiña entre los terratenientes que buscan adherir a su territorios los resguardos indígenas, limitando los encierros –parcela de tierra recibida por el indígena a cambio del terraje- y parcelas de estos en las haciendas, además de ampliar sus fronteras para uso del ganado. Ante esta situación el indio Quintín se ve afanado de conocimientos sobre las leyes concernientes a la tierra, relacionándose en Popayán con Francisco de Paula Pérez: El espacio de lucha de Quintín Lame se instituye en la primera mitad del siglo XX, su verbo expuesto en las mingas con sus hermanos de piel, que atentos seguían las directrices de su ejemplo, fue el punto de partida para aplicar sus acciones sobre aquellas tierras que desde los inicios de la conquista fueron robadas por los españoles, y luego con la instauración del régimen colonial, pasaron a manos de aquellos súbditos criollos que heredaron a sus hijos dichas plazas. Con tomas pacíficas inicia su periplo rebelde, tal es el caso de la población de Paniquita en 1914, o la representación que hace del pueblo de Tierradentro ante hostigamientos sufridos por sus habitantes. Luego de su visita a Bogotá donde se entrevista con el Ministro de Relaciones Exteriores Marco Fidel Suárez, establece contactos con los indígenas del departamento del Huila y Tolima en la zona de Tierradentro, para preparar un levantamiento fijado por él para el 15 de febrero de 1915, la línea de trabajo sugería alzarse y adueñarse de algunas haciendas, para luego realizar un gran movilización de triunfo en la población de Cajibío; ante la falta de cohesión el proyecto fue descubierto y Quintín fue detenido el 22 de febrero para ser conducido a Popayán, y recibir muchas denuncias y acusaciones de terratenientes. Aquí comienza una historia que lo llevaría a la cárcel por pugnar los intereses más fuertes de lo autóctono representado en la etnia indígena. En esos primeros nueve meses que estuvo encarcelado, logró colocar en práctica sus conocimientos en leyes, en pos de la defensa que lo convocaba ante un sumario de denuncias. La creación de lo que él llamaba un Gobierno Chiquito habitado y gobernado por indígenas en contra del gobierno dominado por los terratenientes, buscaba integrar los departamentos de Cauca, Huila, Tolima y Nariño. Lastimosamente para el movimiento Lamista las persecuciones oficiales por parte de los terratenientes que hacían parte ella no cesan, ya que veían en la figura de este indio capacidades intelectuales y de convocatoria, una verdadera piedra en el zapato que podría crear un ambiente donde las bases de un pueblo subyugado como el indígena, se alzarán para instaurar un sistema diferente que abogaba por unos derechos perdidos en busca de una armonía que tenía arraigado fuertemente el sincretismo cultural. La inteligencia de Quintín Lame es causa de su encierro paulatino, se percibe que cada entrada suya a las celdas, significa un espacio para la reflexión del pasado, presente y futuro de su lucha por la tierra; es la preparación de su defensa personal, la que involucra la de los demás; son las mingas las que posibilitan escuchar a los indígenas y sus necesidades prioritarias llevadas a la vereda, los pueblos, las capitales y el país; es su voz con eco histórico, la que posibilitó más adelante con otros personajes, la conjugación de una unión verdadera que aunque tildada de sectaria por no cohesionarse con otros movimientos, ha sabido soportar los embates políticos acaecidos en Colombia con una violencia a bordo que nos ha arropado en un conflicto interno, así muchos sabios santos de corbata opinen lo contrario (Castrillón, 1973; Fajardo, 1999; Quintín, 2004; Herrera, 2004). Los momentos de lucha de Quintín Lame desde la perspectiva de Gonzalo Castillo Cárdenas, basados en su historia de vida, se definen en once puntos entre los años 1910 y 1960: 1-En el año 1910 fue elegido representante por los cabildos. 2-Se produce una agitación y movilización de los indígenas del Cauca entre 1914 y 1918. 3-El 9 de mayo de 1915 cae prisionero en el puente “El Cofre”, pasando un año en la cárcel de Popayán, regresando en el año 1918 para estar instalado cuatro años más, Castillo anota que hasta 1939 en el Tolima había estado 108 veces preso, llegando en su vida a promediar las 200 veces en sitios como Popayán, Silvia, Pasto, Neiva, Ortega, El Guamo, Ibagué y Bogotá. 4-El 12 de noviembre de 1916 se presenta una masacre indígena en Inzá Cauca, con un saldo de siete muertos y dieciocho heridos entre mujeres, hombres y niños, en un ataque a Quintín Lame mientras asistía a un bautizo. 5- El 1 de enero de 1920 se fundó el Supremo Consejo de Indias en Natagaima Tolima. 6-Entre los años de 1920 y 1930 se presenta una gran agitación y movilización indígena en los departamentos del Tolima y Huila. 7-El 15 de mayo de 1924, Quintín Lame y José Gonzalo Sánchez reciben poder general para representar los intereses de las comunidades de ortega y Chaparral; fundó el caserío de Llanogrande municipio de Ortega que los indígenas bautizaron con el nombre de San José de Indias sede del cabildo, organizando allí dos escuelas para niños indígenas y convirtiéndolo en centro de educación y expresión indigenista para los campesinos de toda la región. 8-En 1931 se presentó una masacre en Llanogrande con 17 muertos y 37 heridos, gestado por los terratenientes de Ortega, Quintín Lame escapó, pero fue perseguido y capturado en 1931, traído a Ortega amarrado y confinado a la cárcel por espacio de 2 años; este momento ocurre en vísperas de elecciones municipales, donde el voto indígena iba a ser decisivo y los indígenas se habían alineado con el partido conservador, al decir de Quintín Lame: hasta 1930 los conservadores los habían perseguido de forma ordinaria, mientras que después los liberales lo hicieron en forma extraordinaria. 9-En enero de 1939 se da la reconstitución formal del resguardo de Ortega y parte de Chaparral, fruto de 17 años continuos de trabajo de Quintín Lame, logro no reconocido por las autoridades de Ortega e Ibagué. 10-Entre 1945 y 1953 la comunidad indígena se ve afectada por la condición política del país expresada en la violencia partidista llevada a cabo en el campo por los terratenientes y las autoridades; viéndose afectado el movimiento indígena, es decir, que la motivación y movilización campesino-indígena que fue muy amplia, no estuvo acompañada de la organización eficaz, capaz de hacer frente a la represión. 11-Durante la segunda mitad de la década de 1950, y los primeros años de la década de 1960, se quiebra la organización indígena, continuando Quintín Lame una lucha desesperada y casi suplicante por la vía puramente legal (Castillo, 1971).
Rostros y rastros de Quintín Lame La memoria fotográfica es uno de los documentos más importantes para analizar los perfiles físicos de ciertos personajes, en este caso Quintín demuestra la etnia de la población indígena: sería, de cara ancha, ojos profundos, manos grandes con dedos gruesos del trabajo confabulado con la tierra, y una posición desconfiada ante lo que ofrece el otro detrás de la cámara. En cada uno de los registros fotográficos Quintín Lame refleja seguridad, en medio de sus captores él aparece con un tabaco en su boca observando al frente su destino; en otra, sus ojos se achiquitan por los golpes colectivos, pero igual se nota la profundidad de sus ojos que caminan iluminados por la lucha de los derechos indígenas; en algunos registros de prensa posa con sus manos cruzadas y en traje completo para la ocasión de su visita a la capital; en la vejez, los registros lo muestran con su cabellera larga de color blanco que trasmite sabiduría de cacique indígena. A sus 45 años, según relato de Escolástico Docuara, Quintín era un hombre fornido y alto, de color moreno, ojos negros y pelo largo que le caía a la nalga, genio arrogante que pocas veces dejaba ver una sonrisa, boca grande y labios gruesos, en sus arengas manejaba un tono fuerte y se dejaba oír (Magazín dominical de El Espectador, octubre 11 de 1987). Ducuara complementa el relato afirmando que Lame los llamaba hermanos de mi raza en cada una de las reuniones donde podía adelantar su discurso encaminado a mostrar las vicisitudes recorridas por el pueblo indígena, y los vejámenes cometidos por la institucionalidad, además de ser muy cariñoso con los muchachos; recuerda que él pertenecía a una danza de doce niñas e igual número de jóvenes que recorrían las concentraciones indígenas con la música autóctona, allí Quintín explicaba que la ley 89 era la que les favorecía; en épocas de la fiesta de la madre por el mes de mayo, hacía celebrar la fiesta desde el primer hasta el último día; donde quiera que iba preparaba un cortejo de señoritas que servían para hacer cantos y organizar las reuniones; en san José de la India cada rato lo tomaban preso, y en algunas ocasiones fue maltratado: [...] Yo no vi, pero se decía y era palpable, todos los seguidores lloraban por ese maltrato a pesar de no haber estado presentes. Que lo habían cogido estos señores poderosos, de la guardia, y que lo habían amarrado a la cola de dos muletos cerreros para que lo despedazaran de tanto golpe, y tanto golpe, pues por supuesto, al fin, el indio afloja. Pero él era fijo, totalmente firme en sus luchas. Y decía: “en defensa de mi raza me tendrán que matar pero no renuncio” (p. 6)).
Escolástico Ducuara cuenta que una de las formas más efectivas para luchar por los derechos indígenas, era la rebeldía y resolución por morirse en la defensa de la tierra, debido a la impregnación que les hizo Quintín Lame, porque él en su arenga motivaba que era preferible morir por la defensa de la tierra que entregarse (p.6). Quintín era buen rezandero y se sabía todas las letanías (p.6), este aspecto lo fundamenta su educación dentro de la iglesia católica, apropiándose del discurso religioso para legitimar su doctrina redentora y desprestigiar la evangelización española (Jaramillo, 1991), utilizando tres recursos básicos que se comparan con la doctrina católica expresada en la biblia: el primer recurso utilizado por Quintín Lame es el de proyectarse como el mesías del pueblo Páez, mostrando cómo viven en estado de pobreza similar al sufrido por el pueblo de Jesús de Nazareth; el segundo recurso utilizado para mostrar la falsedad de la evangelización, es fundar sus propias fuentes de revelación divina con las que se apropia del hecho religioso manejado por la iglesia; el tercer recurso para cuestionar la evangelización, es mostrar que el hombre no es el rey de la creación. El rostro de Quintín Lame es perenne pero olvidado, desde la misma población indígena se conoce poco de su pensamiento político e intelectual dedicado a la valoración del indígena como tal, y desde su plataforma de subsistencia expresada en la tierra. Perenne, ya que se convirtió en un hombre público arropado bajo una bandera de lucha, posibilitando que la institucionalidad le echara el ojo vigilante, y algunos medios periodísticos le dedicaron algunas páginas, que comparado a la explosión mediática actual es poco; perenne, porque utilizó su inteligencia para expresar su pensamiento de lucha a través de un manuscrito que se convirtió en la piedra angular de las reivindicaciones de la lucha indígena por la tierra; perenne, porque desde lo visual expresado en la fotografía, podemos observar en diversas facetas de su existencia; perenne, porque algunos académicos vieron en él la oportunidad de estudiarlo desde varias fuentes, y así realizar algunos documentos que dejan otras miradas y testimonios, así el círculo de su lectura sea muy reducido. Olvidado, por estar instalado en una categoría subalterna fundada por el sistema político y social en que le tocó vivir; olvidado, porque la historia academicista que regulaba los manuales de historia para la enseñanza educativa, lo silenció por completo; olvidado, porque su lucha no agrupaba otros grupos sociales que se encontraban en igualdad de condiciones desfavorables ante la institucionalidad; olvidado, porque al colombiano le importa poco su pasado, y no se reconoce desde su propia historia para entender su presente. El rastro de Quintín Lame está marcado en la tierra que él caminó por los territorios, donde sus hermanos indígenas trabajaban para subsistir, desde tierras caucanas hasta tierras tolimenses, círculo de su accionar de lucha; su huella quedó marcada en la capital, centro de poder donde él vino a exponer sus razones y a estudiar documentos; su rastro quedó de huésped en cada una de las cárceles donde fue confinado; su rastro fue incluido en el pensar y accionar de cada uno de los indígenas que lo escuchaban y tomaban partido de la causa; su rastro queda marcado cada vez que los indígenas colombianos se hacen sentir en las mingas, y marchas para hacer valer sus derechos sobre la tierra y la vida.
Una entrevista en el centro del poder: El pensamiento del hombre en ciertos trances es un secreto que debe guardar muy bien en el corazón (El Espectador, julio 12 de 1924). El 12 de julio de 1924 Quintín Lame se encuentra en la capital colombiana, oportunidad aprovechada por el periódico “El Espectador” con su periodista Mario Ibero para abordarlo sobre varios aspectos; es interesante anotar que el documento aparece en la primera página, lo que significa que su lectura estuvo en primera plana para los lectores. Quintín aparece en un registro fotográfico de cuerpo entero con traje, su cabello largo y expresión segura con sus manos cruzadas; el titular lo complementa un subtítulo divido en tres partes: A Qué Viene Quintín Lame a Bogotá, El Suplicio de la Raza Indígena, Una Constante Denegación de Justicia por Parte de las Autoridades de Huila (El Espectador, julio 12 de 1924). La presentación anuncia que ha llegado a la capital por la proximidad del congreso caciques azules, de otro color y hasta un cacique de verdad: Quintín Lame. El reportero se dirige al hotel pasajeros para abordarlo, reconociéndose con las señas particulares que para nada son difíciles de olvidar, buscándolo directamente en su habitación para indagar:
¿Desde cuándo se halla en Bogotá? -Llegue el día 7 de los corrientes. ¿A qué ha venido? -Vine con el exclusivo objeto de defender ante el supremo gobierno todos los derechos comunales que tienen 197 pueblos indígenas, de los que soy legítimo representante. ¿Desde cuándo es usted jefe de los indígenas? -Desde 1910, fecha en que me eligieron supremo jefe de los cabildos indígenas de Pitayó, Jambaló, Toribio, Puracé, Población, Cajibío, Pandiguando y algunos otros. ¿Qué edad tiene usted? -Tengo 39 años, 7 meses, 25 días y 5 y media horas hasta este momento. ¿Dónde nació? -Nací y fui criado en Lame, caserío de Tierradentro. ¿Está usted casado? -Soy viudo de Pioquinta León, compañera de tribu. De ella me quedaron dos hijos: hembra y macho. ¿Desde cuando trabaja por obtener las reivindicaciones indígenas? -Desde que tuve uso de razón, es decir..., desde que empecé usar pantalones. ¿Cuántas prisiones ha sufrido? -He sufrido 14 prisiones por haberme presentado al frente de las reclamaciones de los fueros de mi raza, conculcados por las autoridades quienes están “amangualadas” con los ricos... ¿En donde sufrió la última prisión? -En la cárcel del Guamo, de la cual salí apenas hace 35 días. ¿Por qué estuvo preso? -Porque ordené a la parcialidad indígena de Ortega que levantara una casa en Llanogrande, sitio que nosotros bautizamos con el nombre de San José de Indias. A la orden mía se opuso el señor Vidal Albis, quien insultó a los indígenas en los términos más soeces. A una alusión que hizo a mi madre, yo lo arroje al suelo bañado de sangre de un bofetón. Por esto me apresaron, después de que se me acusó de comandar una cuadrilla de malhechores... ¿Cuál es su religión? -La católica. Y en política... -Hoy no tengo opiniones políticas, ningún indígena puede tenerlas ahora, la bandera ni es roja ni azul: es blanca, muy blanca, como debe ser la justicia y como es la paz... Mañana puede que nos hagamos a la sombra de alguna bandera que nos ampare... ¿Y anteriormente? -Unos eran liberales y otros conservadores y hasta había republicanos... Pero como desde hace 400 y más años nuestra raza va para abajo, resolvimos formar una comunidad aparte. Las ideas de los blancos no resultan... estamos muy decepcionados. Dígame algo sobre sus conferencias -En Ibagué dicté algunas hace poco días sobre las injusticias de que somos víctimas. ¿Y resultaron? -El pueblo aplaudía, pero las autoridades siguieron mudas y sordas. Aquí pienso dictar una el 20 de julio, día de la patria de ustedes y de nosotros... de nosotros a pesar de todo! ¿Qué gestiones ha desarrollado en estos días? -Pedí una entrevista al señor presidente de la república, pero me contestó que por ahora no podía atenderme porque estaba escribiendo un mensaje al congreso, y que me entendiera con el señor ministro de gobierno. ¿Y éste sí lo recibió? -Me puso una cita en el ministerio para el día 10, pero me dejó esperando... ¿Y qué piensa hacer? Hoy tuve una conferencia con el señor ministro de guerra. Estoy también citado... ¿Qué piensa solicitar? -Justicia y más justicia contra los atropellos de los alcaldes de Ortega, Chaparral y Coyaima, pues estos señores se han posesionado por la fuerza de nuestras sementeras y han echado sus ganados en ellas para que las destruyan. Dichos alcaldes han quitado a los indígenas hasta sus herramientas de trabajo. ¿Y si cree ser atendido? Hace cuatro siglos que esperamos ser atendidos, y a pesar de ello aún confiamos... ¿Y si no lo atienden? Quintín Lame durante un largo rato medita y me responde bajando la voz: -“El pensamiento del hombre en ciertos trances es un secreto que debe guardar muy bien en el corazón”... Cuénteme algo sobre las misiones católicas... -Hay muchas misiones que están contra los indígenas. Solamente se valen de nosotros cuando llegan las elecciones. A los indios que se resisten a votar por Cristo les dicen que si no lo hacen quedan excomulgados y que el diablo se los llevará para el infierno. ¿Aquí también hacen lo mismo? Aquí también Lame -¿Y ustedes si creen en eso? Algunos, sí; otros... también. -Por allá en Tierradentro ya no le tenemos miedo al infierno, porque a ninguno de los indios que ha dejado de votar por Cristo se lo ha llevado el diablo... ¿De modo que las misiones no los defienden? -Los misioneros Lazaristas dicen que los indios tenemos que darles para sus gastos y para sostener a Dios. El 12 de noviembre de 1916 la misión citada ayudó a atacarnos. Uno de los padres guió a las compañías que nos perseguían y ordenaba que mataran indios, que esos no eran cristianos. El mismo padre hacía colgar de los árboles a los indios que caían prisioneros hasta hacerlos confesar en qué sitio me encontraba yo. Esto sucedió en los pueblos de Inzá y Pedregal. Lo que acabo de decirle lo puedo comprobar con documentos. ¿Los misioneros Lazaristas son colombianos? -No señor; son españoles, chapetones puros... Por allá no hay más sacerdotes colombiano que el padre Mosquera. Este logró atraer de nuevo a los indígenas, y los Lazaristas le hicieron una guerra terrible. Nosotros tuvimos que defenderlo contra ellos y contra el alcalde de Insu. ¿Su periodo de jefe cuánto tiempo dura? -Es de por vida. Yo he querido renunciar varias veces, pero los de mi raza no han querido aceptar mi renuncia. Cuándo usted muera ¿quién lo sucederá? -Mi hijo Roberto, que tiene 6 años y a quien estoy educando para que siga mis pasos... ¿Con quién más piensa hablar?-Al próximo congreso presentaré varios memoriales. Mientras no me los resuelvan, no me iré de aquí. ¿Cuántas veces ha venido a Bogotá? -He venido seis veces con ésta. ¿En las otras venidas obtuvo algo? -En la primera, me atendió el gobierno muy poco; en la segunda, poquito; en la tercera, lo mismo; en la cuarta, alguito...; en la quinta, la prensa intervino y me atendió el gobierno algo...; y ahora, hasta el presente alguito... Y Quintín Lame se lleva las manos al pecho y se lo oprime, como si del corazón se le quisiera salir su “secreto”, mientras el señor con quien lo equivoqué al llegar, nos observa por entre el ojo de la cerradura... (El Espectador, julio 12 de 1924) El documento periodístico indaga sobre aspectos personales de Quintín Lame, dando muestras de seguridad ante lo que cree, y lo que representa en la comunidad indígena que él dirige, llegando a 197 pueblos con sus cabildos. Y desde que tiene uso de razón, es defensor de los derechos indígenas, lo cual le ha valido muchas prisiones. Confirma que su religión es católica. De la política, toma vocería por todos sus hermanos de raza al indicar que ninguno debe tener una bandera tradicional color azul o rojo, que la bandera que los identifica es blanca, de justicia y paz, dejando la posibilidad abierta a que más adelante se arrope bajo una bandera. Quintín quiere solicitar justicia por los atropellos sufridos de parte de los alcaldes de Ortega, Chaparral y Coyaima, quienes se han apropiado de las tierras cultivadas por los indígenas destruyéndose por medio de sus ganados. La duda de ser atendido sigue intacta, ya que han sido muchos los desplantes, que llegan a cuatro siglos. Sobre las misiones Lazaristas, anuncia que solo los buscaban cuando se acercan las elecciones, denunciando claramente como la influencia católica quiere sumar a partir del discurso de la iglesia con la relación cielo e infierno, votos a cristo; recuerda Quintín un hecho desafortunado en contra de la población indígena realizada por estos dignos exponentes del clero español instalados en Colombia, casi que una inquisición versión siglo XX, atada al sistema político local, regional y nacional. Su periodo como jefe será de por vida porque así la comunidad lo quiere, y heredará en su hijo Roberto, el conocimiento para que siga luchando en pro de los derechos indígenas cuando este muera. Las respuestas de Quintín son el fiel testimonio de su trasegar por las esferas de su lucha con el pueblo indígena, a través de sus diálogos intelectuales; de sus visitas a la institucionalidad para expresar lo que acontece en su entorno, y traer soluciones que posibilitan una mejor convivencia; de la clara influencia que el catolicismo tenía sobre la sociedad colombiana en zonas como la rural, a través de pequeños señoríos fundamentados con el discurso de un aliado clave de institucionalización social, que para la época tenía demasiado poder.
Una obra artística e histórica: La firma de Quintín Lame desde la óptica de Antonio Caro El artista hace de su obra un espacio para la reflexión, en el cual los métodos y formas varían dependiendo de lo buscado; algunos observadores quedan sin entender el mensaje, pasando de largo sin entrar en la reflexión, y simplemente el rostro del artista queda ausente como creador; otras veces, la obra simplemente lo conecta con su vida cotidiana, inclusive haciéndolo participante activo, este el caso del artista bogotano Antonio Caro,quien empezó su trabajo plástico en la década de los setenta del siglo XX con una vigencia que ha resultado rebelde, polémica e importante en el arte colombiano y el contexto latinoamericano, por usar iconos de la cultura globalizada para alterarlos, y tocar aspectos internos de nuestra historia social y política. En un artículo del curador y crítico de arte Miguel González publicado en 1980, sobre la obra de Caro, presenta el surgimiento de este artista, lo que permite entender un poco el espacio en que aparece y su influencia a partir de esa época: [...] Desde su primera salida cuestionó inteligentemente la definición de la artisticidad. Su personalidad se toma cada vez con mayor interés, consiguiendo persuadir con su actitud a una treintena de artistas que hoy se encaminan por una vía conceptual. El sólo abrió la brecha a su generación y fue convenciendo por la fuerza de sus ideas a fijar la atención a su discurso. Siendo aún estudiante de la universidad nacional, concurrió al XXI Salón Nacional de Artistas con la obra Cabeza de Lleras 1970, que al decir del artista fue un “homenaje tardío de los amigos de Zipaquirá, Manaure, y Galerazamba”. El trabajo era un busto del presidente de la República hecho en sal y colocado en una urna de cristal, con gafas reales. La noche de la inauguración se le echó agua; la forma se destruyó inundando el espacio de los espectadores. Esa entrada de Caro sin ecos ni precedentes en la vida nacional, constituyó el punto de apoyo para la actividad ininterrumpida que ha llevado hasta hoy (González, 1980).
La obra de Antonio Caro nace por fuera de la categoría mercantilista del arte, que busca a través de las exposiciones en museos o en su defecto galerías, obtener una remuneración económica que la mayoría de las veces se vale de una buena curaduría que muestre los aciertos del artista y su futuro dentro del medio; sin embargo, es precisamente este espacio donde es posible que un artista salga del anonimato y exprese la riqueza de su conocimiento, siendo contradictorio, ya que precisamente la obra de Caro insinúa cierta categoría que podría denominarse subalterna por atacar ciertas manifestaciones del sistema cultural, social y político que van de la mano con todas sus reglamentaciones de ida y vuelta; él transforma lo cotidiano expresado en lo comercial y privado, e incluye al espectador regalándole parte de su obra o aprendiendo sobre esta con un taller, para que la instalación se vaya a casa, es ahí donde está el valor del artista, es allí donde hace parte de nosotros. En el primer Salón de Artes Plásticas de la Universidad “Jorge Tadeo Lozano” del año 1972, Antonio Caro presenta por primera vez su instalación histórica dedicada al memoria de Quintín Lame, perpetuada a través de su firma, la cual significa un sello particular de identidad demostrada en cada una de sus luchas expresadas en sus acciones, y documentos redactados y escritos por sus secretarios. Caro también utiliza datos biográficos y de lucha expresados por Quintín en su libro base, además de sus consideraciones visuales. Como afirma Miguel González: de fragmentos de la firma de lame y firmas completas, hace la contemplación arte como documento, tratándose de un trabajo de dimensión amplia -10 cartulinas de 140 x 100 metros- que sería el punto de partida de sus trabajos posteriores (p.39-40).
Fig. 1. Homenaje a Manuel Quintín Lame. Antonio Caro.
Preguntándole al artista sobre el origen de su obra, este contestó que alguna vez le habían preguntado: ¿Cuál de las obras realizadas por él, era la más importante? sin vacilar contestó Homenaje a Quintín lame, más por Quintín que por él; supo de Manuel Quintín Lame casi por casualidad, leyó el libro Las Enseñanzas del Indio que se Educó en la Selva, y de inmediato quiso hacerle un “homenaje”, y el único elemento que pensó, podía utilizar, era su firma, por lo cual decidió copiarla. La obra consistía en 10 grandes copias de la firma de Quintín, cada una de 140 cm de alto por 100 cm de ancho, acompañadas de un impreso con un fragmento de su firma e información del personaje. Anota Caro que sin pensarlo, comenzó treinta años antes de que se pusiera de moda en Colombia, lo que los teóricos del arte llaman apropiación, repitiendo la firma de muchas formas: dibujos, grabados, impresiones, y últimamente murales “efímeros” que tienen, al no poderse “poseer” una delicadeza ética muy importante; paralelamente el maestro ha dictado charlas sobre el pensamiento de Quintín. Complementa Antonio Caro que no sabe si por cobardía o protección durante los años de actuación del Frente guerrillero Manuel Quintín Lame, suspendió los homenajes públicos al personaje, iniciándose después del armisticio en el año 1992; sorprendiéndome la vigencia -como obra- de su Homenaje a Quintín Lame: [...] Muchos artistas pueden decir que su misma vida los lleva a producir su obra. Yo, en el caso de Manuel Quintín Lame puedo decir lo contrario: El homenaje a Manuel Quintín Lame me ha llevado a conocer parte de la cultura indígena de Colombia y a vivenciarla de una manera personal, motivo por el cual, no me interesa hacer públicas esas vivencias. Por lo demás, desde el comienzo, más importante que mis “Homenajes” es la figura histórica de Manuel Quintín Lame Caro, 2007).
La investigación de María Clara Cortés titulada Acercamientos a la obra de Antonio Caro, afirma que la obra de Caro es un homenaje conceptual alejado de las formas tradicionales expresadas en bustos o retratos, recuperando la historia de Quintín lame a través de su huella, adquiriendo el carácter de un símbolo y sello de su pensamiento; convirtiéndose en una expresión de rebelión y desafío, abriendo datos del pasado y rescatando un caso individual, se proyectaba a todos los casos de injusticias ignoradas las cuales aún no tenían respuesta de la nación (Cortés, 2001). Lo especial del homenaje realizado por Antonio Caro a Quintín Lame, estriba en la reflexión de una lectura, en buscar la forma concreta de entregar un mensaje al receptor de la obra tras la repetición, buscan que la memoria guarde el recuerdo de una firma, y no la del rostro que comúnmente nos entregaron otros artistas, que buscaron encumbrar más a esos personajes de la llamada historia oficial o patria, que por décadas estuvo imperando en los pensum escolares. El efecto académico es el complemento que el artista entregó a su público, ya que aprovechó la interpretación que le dio al documento de Quintín, para que le gente se acercara al personaje y no al mito. Por lo anterior, la obra es vigente, ya que el desconocimiento de nuestra historia social representada en los personajes subalternos por parte de la población, lo amerita. Tanto las viejas generaciones como las nuevas, encuentran en este tipo de manifestaciones una oportunidad de escudriñar nuestra historia, de sentir que la formación de nuestro país estuvo marcado por las luchas de algunos grupos, que como el indígena, tuvo un digno representante que puso el dedo sobre la llaga de aquellos hombres que desde la institucionalidad, tenían como fuente de riqueza la explotación de la tierra y la humillación del indígena.
Epílogo: Aquí tenéis hermanos indígenas el espejo que nunca se enveta, porque lo dicho es la verdad, y nada más que la verdad (Quintín, 2004). La vejez de Quintín Lame menoscaba su capacidad física para seguir agrupando las poblaciones indígenas en pos de un objetivo, además de la falta de cohesión, que como en muchas organizaciones, crean rupturas que desequilibran las bases de un proyecto. Su muerte significó la terminación de una vida dedicada a buscar las salidas a la situación en la cual cada individuo de sus hermanos de raza, como él los llamaba, habían estado predestinados desde la llamada conquista española en los territorios americanos. El 7 de octubre de 1967 muere Quintín lame Chantre; iniciando el año 1968 Gregorio Hernández de Alba escribe un documento muy corto homenajeando la memoria de Quintín e intercalando algunas citas de su manuscrito ideológico dedicado a la lucha de los pueblos indígenas; comienza preguntándose: ¿Cuántos años tendría cuando desde su último refugio en Ortega, Tolima, fue su espíritu a unirse con el de Tupac – Amaru, La Gaitana, Cuauhtémoc, y tantos otros indios resistentes, tenaces, en el infierno de los blancos o en el paraíso de los indios? Respondiendo que no podía calcularse porque su cara mongoloide aún era dura y su larga cabellera hacia tiempo que blanqueaba en las cárceles, en el cálido Tolima, y en los despachos oficiales de Bogotá e Ibagué reclamando, protestando y recusando (Hernández de Alba, 1968). Dice Hernández que como a señor feudal, se le acusó de ejercer el derecho de pernada, como a defensor se le daban tributos en dinero, y como a leguleyo se le pagaban memoriales y telegramas, que llenaron archivos de presidencia y ministerios, sin respuesta porque qué instrucciones o satisfacciones podían darse a los textos alambicados y confusos en que tantas veces citó la conquista, la isla de Guanahaní, Quemuenchatocha; y tantas otras alegaba ser jefe de un resguardo indígena inexistente. No dejó nunca sus aspiraciones de cacique, a pesar de caer su prestigio con los años y perder seguidores, se alejaron su esposa y sus dos hijos; dejando de ser alternativamente, como afirma Hernández: cuasi comunista, socialista, liberal y anticlerical; llegando en sus últimos años a quitarse el gran sombrero de paja al pasar frente al templo, aún a riesgo de que su larga cabellera se destrenza cayendo por la espalda y los hombros (p. 1). Quintín era fuerte en sus malquerencias, siempre estuvo en contra del poeta Guillermo Valencia a quién se refería diciendo: “Un poeta de Popayán que le hizo unos versos a un perro llamado Anarcos”, la razón de su confrontación venía por cuenta de que Valencia defendía las tierras de su suegro Ignacio Muñoz, que Quintín creía robadas a la comunidad indígena: [...] Por ello el indio, resultó un enemigo del mulato Leonardo Ramírez, ferviente servidor de Valencia valiente como Lame y quien un día lo obligó a refugiarse en el campanario de una Iglesia de aldea donde debió morir, más por sorpresa gritó Leonardo: “saqué mi gente, baje, Quintín, no le hago nada, porque usted, como macho es respetable (p. 2).
Anota Gregorio Hernández que su habla era pintoresca, con frases comunes e iguales a su vida de fantasía verdadera o maliciosa, de hombre de mando y de lecturas mal entendidas que fueron recogidas por Hernández y su discípulo Alberto Ceballos en renglones que completos debían publicarse con el título que él mismo les dio: “Los Pensamientos del Indio que se Educó Dentro de las Selvas Colombianas” (p. 2). La soledad de Quintín en sus últimos días se refleja en la situación que relata Hernández, afirmando que a finales de 1967, en un rancho destartalado a las afueras de Ortega, se aquietó para siempre la lucha, la inquietud, la robusta figura del indio luchador; que no sonaron los tres dobles de campana, ni se abrió el cementerio porque no se reunieron los 5 y los 15 pesos reclamados por la parroquia, ¿qué hacer? pronunciar por los labios de los pocos y ya viejos amigos que quedaban: “dale señor el descanso eterno...y que brille para él la luz perpetua”. Luego sobre huesudos hombros, llevarlo a una lomita marginal del río Ortega, abrir clandestinamente el hueco sepultura, y colocar allí tanta vida, tanta rebeldía, tanta fantasía, tanta América (p. 7). El texto escrito por Gonzalo Castillo Cárdenas titulado Manuel Quintín Lame: Luchador Intelectual Indígena del Siglo XX, narra que al pasar tres años de la muerte de Lame algunos jóvenes se acercan a tocar la cruz que contiene en su fondo negro unas letras en blanco que señalan: “Aquí duerme el indio Manuel Quintín Lame Chantre, Octubre 7 de 1967. Fue el hombre que no se humilló a la injusticia” (Castillo, 1971). Complementa su relato informando que el epitafio acordado por el cabildo indígena, era más extenso y explícito, escrito bajo el Acta Nº 72 del Cabildo de Ortega y parte de Chaparral en octubre 7 de 1967, y cuyo archivo pertenecía al comité de defensa del indio: [...] Aquí duerme el Cacique indio Manuel Quintín Lame Chantre; que no se dejó humillar de ninguna de las autoridades departamentales, ordinarias, municipales, ni de los ricos, acaparadores, ricos millonarios, oligarcas, aristócratas, que le ofrecieron pagarle sumas de dinero para que abandonara el pleito del resguardo nacional de la tribu de indígenas de Ortega y él contestó: soy un defensor a pleno sol ante Dios y los hombres, que defiendo las tribus y huestes indígenas de mi raza de la tierra Guaraní: muerta, desposeída, débil, ignorante, analfabeta; abandonada, triste y lastimosamente por la civilización (p. 13).

Fig. 2. Manuel Quintín Lame en Bogotá, 1962. Fotografía de José Vicente Piñeros. Archivo de Jesús Peña. Tomado de Manuel Quintín Lame. Los pensamientos del indio que se Educó Dentro de las Selvas Colombianas. Biblioteca del Gran Cauca. Editorial Universidad del Cauca y Universidad del Valle. Cali 2004. ¿Por qué es importante la obra política y social realizada por Quintín Lame? porque desde su historia de vida sintió las desigualdades de lo que significaba ser indio en Colombia, al ser hijo de una familia atada a la terrazgueros; por ser parte del conflicto interno tras una guerra civil; por creer en su proyecto de lucha a favor de la comunidad indígena y dejar como herencia la experiencia en las reuniones con los cabildos, un mensaje inspirado a través de sus reflexiones llevadas a un documento que al día de hoy, significa un trabajo intelectual e histórico que reclama atención y solución al indígena desplegado en el territorio nacional. La herencia de Quintín Lame en los pueblos indígenas colombianos hace parte de las luchas individuales y particulares de mujeres, hombres y niños, quienes en los campos han trabajado la tierra, o como principio han logrado trasladarse a otros espacios para ampliar su formación e integrar aprendizajes que luego han direccionado a sus sitios de origen en aspectos sociales, culturales y políticos. Parte de esos logros conseguidos por la comunidad indígena, viene desde ese nuevo espacio de participación política que se dio en la Constitución de 1991, en la asamblea que la precedió se rompieron paradigmas de la sociedad colombiana dándole cabida a los indígenas para que participaran en las decisiones del país; sus participantes fueron los indígenas Lorenzo Muelas –guambiano- y Francisco Rojas Birry -embera wanuna-, la influencia que ellos ejercieron fue notable en tres aspectos: primero, el ordenamiento territorial; segundo, la apertura de espacios políticos y sociales de participación para los indígenas y los demás grupos étnicos; tercero, el reconocimiento del carácter multiétnico y pluricultural de nuestro país y la garantía a derechos territoriales y culturales de los indígenas en la nueva constitución (Londoño, 2004). Después del año 1991 las comunidades indígenas lograron cohesionarse a través de su participación política en puestos tan importantes como gobernaciones, concejos y alcaldías; sobre todo en zonas donde su población hace mayor presencia, un ejemplo significativo es el Departamento del Cauca. Sin embargo, eso no significa que no se hayan reproducido prácticas clientelistas, ya que precisamente la política colombiana se mantiene bajo esa perspectiva. Ese trabajo social y político logrado por los indígenas, ha traído como consecuencia una lucha más precisa y con logros en las altas esferas del gobierno nacional, si las comparamos con los momentos vividos en el pasado bajo la sombra de un personaje como Quintín, nos llevamos una gran decepción, claro está que el contexto político del país era otro, y parte de la población colombiana sufría de cierto racismo arraigado por ese cierto aire de realeza europea claramente notado en los ilustres payaneses de la primera mitad del siglo XX. El camino es otro, tal vez el que se vislumbra cuando en la plaza de mercado de un pueblo como Silvia en el Cauca, un día martes en la mañana, los guambianos ataviados de su mejor vestido ofrecen sus hortalizas y frutas frescas, sus trabajos artesanales, intercambian bestias y ganado, para el final de la tarde en una fiesta aguardientera, regresar con otros productos nacionales y multinacionales, fin de un circuito multicultural y globalizado. El que se observa en esferas académicas, donde ya el indígena ha llegado para ocupar un espacio, significa que dentro de las ciudades donde se encuentran estos sitios de enseñanza, un sector de la población se ha instaurado y reclama también un espacio, creando cabildos y nombrando gobernadores, como sucede en la ciudad de Cali y la Universidad del Valle. El que notamos cuando se prepara el recibimiento por vía de la carretera panamericana, de centenares de indígenas venidos de diversas partes de nuestro sur colombiano hacia la plaza de San Francisco en Cali, o siguiendo su camino hacia la plaza de Bolívar de Bogotá, siempre entusiastas buscando reivindicaciones de sus derechos humanos, políticos y sociales. Quintín Lame Chantre sigue presente en la memoria de su pueblo indígena, es la persona más reconocida de su grupo social bajo la sombra de su lucha personal ante la institucionalidad en representación de sus hermanos de raza; es un rayo de luz que guió caminos difíciles en la lucha por lograr un reconocimiento social, que al día de hoy, tiene muchos logros para mostrar a la comunidad nacional e internacional, sin esconder que hace parte del círculo vicioso del conflicto armado que vivimos, y en el cual ha entregado muchas víctimas. Por otro lado, es poco conocido en otros círculos sociales, la invisibilidad a la que ha estado sometido por parte de la institucionalidad representada en la educación es notoria, los jóvenes educandos reciben poco o nada de información sobre Lame y su lucha representada desde nuestra historia social y política; del lado universitario, el aspecto indígena pasa de largo sin el análisis necesario, y por ende, aquellos interesados en el tema, deben ir al sacro trabajo individual de aprendizaje; lo anterior, significa que muchos colombianos no se reconocen a partir de su pasado, que esos asuntos trascendentales que marcaron la vida nacional, y que en su larga duración nos han penetrado en lo cultural, económico, político y social, son desconocidos; claro está, que la preocupación diaria de un trabajo para subsistir, lo mantiene muy ocupado para detenerse en cosas tan “triviales” como la historia de su país, además tiene como complemento dos canales televisivos privados que le llenan la vida con telenovelas, programas que desnudan la vida del ciudadano raso por dinero, y los noticieros con una hora de farándula.
Referencias Bibliográficas Fuente Oral Antonio Caro. Artista plástico. Escuela de Bellas Artes. Universidad Nacional de Colombia Bogotá. Agosto de 2007.
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